Hoy fui tempranísimo a la oficina, para poder tomarme la tarde libre para salir de compras. Mi plan era buscar un vestido lindo, bonito y barato (o que costara menos de quinientos pesos). Si no encontraba, pensaba usar el vestido maldito de Año Nuevo. Es gris, es lindo, es casi nuevo. Sólo tengo que encontrar mis sandalias color peltre o comprar unos stiletto plateados que me hagan las piernas largas como túneles.
A las tres de la tarde ya había terminado con todo el trabajo, y agarré mis cosas para irme a ver vidrieras, probarme ropa, y comer una ensalada por ahí. Y si tenía muchas dudas, todavía podía esperar que saliera mi amiga Laura del trabajo, a las siete, y llevarla a ver lo que había elegido antes de comprarlo definitivamente. Pero todo tenía que entrar en cinco horas, porque a las diez de la noche celebramos la despedida de soltera de mi hermana, una suerte de cena sólo para chicas que armó Marisa con otra amiga.
Antes de irme, sin embargo, un poco angustiada por tener que elegir sola y un poco por el apuro, fui a preguntarle por el traje a josé.
JOSE
Traje gris y llevo varias corbatas y vos elegís una.
E inesperadamente se ofreció a acompañarme a comprar el vestido. Le dije que no, muerta de risa, porque me iba a atosigar durante toda la tarde pidiendo que me apure o mirandole el culo a las vendedoras. Pero juró portarse bien. Quería ayudar. En serio.
JOSE
Yo te digo con qué vestido estás buena y con qué vestido no. No
puede fallar, lentejita. Las minas se fijan en que esté de moda.
Y la moda nos chupa un huevo. Importa que estés buena.
Tengo que reconocer, que a pesar de mis dudas, funcionó de maravilla. No encontré ningún vestido que me guste, aunque había miles que estaban bien. Pero que alguien te diga que estás linda con toda la ropa que te vas probando, es una maravilla. Quedé tan encantada, emocionada y arrebatada por su gesto, que hubiera tenido sexo ahí nomás, en un probador. Su actitud me pareció tan interesante, tan sexy, que por primera vez en mucho tiempo, de todas las actividades posibles que hay en el mundo, me hubiera querido quedar a dormir con él.
JOSE
¿Va tu mamita?
LG
No, no está invitada.
JOSE
Bueno, entonces vas a volver de buen humor. Si terminás
temprano me llamás y voy a ver el vestido a tu casa.
LG
¿Pero vas a estar despierto?
JOSE
Vos llamá que yo voy.
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June 30th, 2008 · Mi madre
El principio de la adolescencia me recibió con la ansiedad oral de una aspiradora y la silueta de una heladera whirpool de mil cuatrocientos litros. Nunca fui tan gorda como a los doce años de edad. Ni siquiera cuando corté con Rodrigo por primera vez y me puse diez kilos en un mes.
En esa época, yo tenía los primeros asaltos y el inminente viaje de egresados a Córdoba, y la ropa empezó a ser un problema para mí. Antes de eso, mi mamá me compraba lo que ella quería y yo lo usaba sin chistar. Me alcanzaba con que no fuesen jeans (que me parecían incómodos) y con que las remeras fuesen de color pastel. Especialmente lila. Lo demás me daba lo mismo.
Las primeras salidas de shopping fueron un suplicio para mí. Mi mamá me encerraba en un probador, y me iba pasando ropa enorme por arriba de la puerta, con la voz quebrada de enojo porque nada me entraba como ella hubiera querido. Sus reproches solapados, su cara de pena, su desilusión al ver que toda la ropa linda se me trababa en las rodillas, me hacían creer que era mi culpa incomodarla de esa manera. Que era una suerte de agresión hacerla pasar semejante vergüenza.
Ese año, la frase que más escuché fue “como para ella”, un torpe eufemismo para suplir “talle mil”. Cada vez que mi mamá la decía, las vendedoras me miraban de arriba a abajo, y tomaban uno de estos dos caminos. O bien decían que no tenían mi talle, o me mostraban el más grande que había para probarme empíricamente que mi cuerpo regordete era incapaz de caber en ese pantalón.
De grande me enteré que podríamos haber ido a millones de negocios distintos. Que no todos los locales de ropa ofrecían talles únicos para adolescentes perfectas. Que había lugares, que sin ser especiales, tenían talles de pantalón numerados en vez de raquíticos smalles y médiums adulterados por la anorexia. Pero supongo que esa era la forma que tenía mi mamá para castigarme por estar gorda. Por comer a escondidas suyo o por mirar televisión en vez de salir a correr. Y estar gorda, al mismo tiempo, era mi forma de castigarla a ella por su vergüenza.
Ayer, por primera vez en más de quince años, me sentí de nuevo una adolescente adiposa. Hubiera preferido estar en el dentista o haciendome una cirugía a corazón abierto antes de estar ahí. Pero no duró mucho. Mientras me miraba en el espejo de un probador oscuro, empaquetada en un disfraz de abuela espantoso lleno de canutillos y lentejuelas de los noventa, me di cuenta que ya no tenía por qué sufrir. Que ya no tenía doce años ni estaba tan gorda. Que podía irme. O quejarme. O revolearle las doce polleras de crepe a la vendedora y a mi mamá en la cabeza.
Así que dejé los vestidos y me fui.
Me volví sin zapatos, sin vestidos, y sin accesorios. Pero rescaté media autoestima. Y a esta altura de mi vida, con este novio, esta madre, y esta cadera, media autoestima vale muchísimo para mí.
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June 29th, 2008 · Mi madre
Ayer por la tarde tuve la pésima idea de mencionarle a mi hermana que el fin de semana iba a buscar el vestido para la fiesta. Del otro lado hubo silencio.
IRINA
¿Vos… todavía… no sabés que te vas a poner…?
Pero no me dijo nada. Incluso le pareció razonable mi argumento: la gente iba a verla a ella. A nadie le iba a importar qué tenía puesto yo.
Pero tres minutos después llamó mi madre, con una crisis nerviosa. Me dijo que ella se había imaginado que yo iba a hacer una de las mías, pero que jamás pensó que iba a llegar tan lejos. Que mi hermana se merecía tener la boda de sus sueños y que yo, con mi actitud, no estaba ayudando en nada a concretar su tan ansiado proyecto.
Yo me quedé estupefacta. No entendía por qué tanto alboroto. No es que iba a ir con un vestido viejo (cosa que también se me ocurrió), iba a ir a comprar uno el fin de semana. Uno lindo y nuevo de algún color que no fuera negro.
MADRE
Es el casamiento de tu hermana, no es la comunión de la hija de Celia,
todos nos van a estar mirando a nosotros y vos no tenés que ponerte.
¿Y si tenés que tomar el vestido? ¿Y si no encontrás nada… para vos?
LG
¿Para mí?
MADRE
Sí, así, de cola anchita.
LG
¿Vos lo que decís es que no existen vestidos en mi talle?
MADRE
No dije eso. Vos dijiste eso. Solo dije que a las chicas como vos
les cuesta más encontrar. Vos… tenés que buscar más.
Deberías habértelo hecho.
LG
Mamá, creo que puedo encontrar un vestido sin tener que
hacérmelo a medida con un mantel. Gracias.
Y le corté.
Pero volvió a llamar.
LG
Si seguís molestando me voy a poner un jogging cortado a la rodilla.
Y le volví a cortar. Pero volvió a llamar.
LG
Jogging.
Y le volví a cortar.
¡Y volvió a llamar! Pero esta vez se me adelantó. Habló rapidísimo, y antes de que yo pudiera cortar, ya me había tendido una trampa.
MADRE
Simedejasacompañarteyayudaraelegirmamápagaelvestidotodo.
Lo pensé algunos minutos.
LG
¿Y los accesorios?
MADRE
Lo que quieras.
LG
¿Me pasás a buscar?
MADRE
En veinte minutos. Por favor no vengás en jogging.
Sabés que me pone de pésimo de humor.
Y me cortó ella.
La tarde empezó mal. Mi mamá me dijo, ocurrente, que sabía a dónde podíamos ir. Estacionó sobre la avenida Santa Fé, nos bajamos, hicimos unos veinte metros caminando, pero al ver la vidriera del famoso local, me quedé dura.
MADRE
Acá van a tener para vos.
Debajo del nombre del local había una aclaración gordita y entusiasta: ¡Hasta talle 48!
Giré y miré a mi madre, furiosa.
MADRE
¡Por las dudas!
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Hoy llegué a la oficina francamente avergonzada. No por la escena de ayer, que sí fue vergonzosa, sino porque todos sabían que había perdonado a José, y me sentía como un adicto que había jurado no volver a consumir pero había fallado de nuevo.
No soporto a José. Le tengo un cariño sincero, amistoso, franco. Pero no lo aguanto más. Me da dolor de cabeza. Sin embargo, soy débil y cómoda. Estoy acostumbrada a su presencia. Estar con él es seguro, para mí, para él, para mi apuesta. Además, no puedo evitar escuchar la voz de mi mamá en mi cabeza. Suena como música de fondo: sos incapaz de tener una relación. Estás gorda. Vas a ir sola a la fiesta. Vamos a ver si te dura un mes y medio. Salís gorda en todas las fotos. No toques esa milanesa. No sabés elegir los novios. Sonreí que con esa cara nadie se va a fijar en vos.
Escucho esa música desde los ocho o nueve años. Es como el jingle de una publicidad pegadiza que viste dos millones de veces por la televisión.
No obstante, más allá de mi pereza y mi cobardía, me sentía avergonzada, y por primera vez yo tomé la iniciativa para hablar con Marcelo. No pude hasta el mediodía, que lo corrí en el pasillo, cuando bajaba a almorzar. Pero lo hice.
LG
Hey, che. Hey. Hola.
MARCELO
Ah, hola.
LG
Perdón por lo de ayer. Yo no sabía que venías y yo…
me había arreglado.
MARCELO
Solo pasé…
LG
Sí, sólo pasaste a ver como estaba. Pero pensaste que él no estaba…
MARCELO
Soy un estúpido.
LG
No, no. No sos. No sos. No… Es sólo que es complicado,
justo ahora. Yo, tengo compromisos, yo no puedo…
MARCELO
Está bien, no me tenés que explicar nada. Me gusta que estés con él.
Es más fácil así.
LG
¿Más fácil?
MARCELO
No podríamos ser amigos si vos estuvieras soltera de nuevo…
No sé si a Marina le gustaría. No podría ya ir a buscarte a
todos lados o ir a ver si estás bien… No podríamos ir a comer.
No podríamos estar hablando ahora acá, solos, en la escalera.
LG
Ah.
MARCELO
Es mejor así. Para todos.
LG
Sí, a todos les conviene así. Ya sé.
Me dio un beso en la mejilla, bajo algunos escalones, se dio vuelta y sonrió.
MARCELO
Quizás en otra vida.
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La cara de Marcelo cuando José abrió la puerta fue increíble. Como si le hubieran tirado un balde de agua fría en la cara. Sumado a que no esperaba encontrarlo en casa, se encontró con un José comiéndose mi yogur descremado, vestido con una bata de mujer.
MARCELO
(Incómodo)
Hola… Pasé para ver cómo estabas… No sabía.
LG
(Adelantandome para atenderlo)
Estábamos comiendo, pasá.. ¿Comiste?
MARCELO
No, no. Solo pasé para ver si estabas bien, no iba a entrar.
José miraba, suspicaz, y comía yogur de frutilla con una cucharita de café diminuta que parecía un juguete entre sus dedos.
LG
Pero quedate un rato.
JOSE
(Divertido)
Pero si no quiere quedarse ¿Lo vas a obligar?
MARCELO
(Sonriendo de compromiso)
No, no, es que no me puedo quedar. Solo pasé para eso.
Lo que dije. Pero me tengo que ir.
LG
Pero pasá, pasá (Tratando de empujarlo hacia adentro)
¿Querés tomar algo?
JOSE
¿Y tu novia?
Marcelo me miró, incómodo.
MARCELO
Esperandome.
JOSE
¿Abajo? Decile que suba.
MARCELO
No, no, no acá. No, sólo pasé yo.
JOSE
Si, para ver si estaba todo bien.
José me pasó el brazo por alrededor del cuerpo y sonrió.
JOSE
Estamos bien, estamos bárbaro.
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Hoy al mediodía, Piñata nos invitó a todos a comer abajo. Para evitar cruzarme con José le dije que no podía ir, pero fue tan insistente, que al final tuve que ceder para no tener que dar tantas explicaciones sobre mi misterioso faltazo.
Estuve veinte minutos en el almuerzo, pero fueron veinte minutos eternos. José se empeñaba en hablarme y yo en decirle — entredientes, furiosa, antipática— que no quería charlar. Para él, era como si nada hubiera pasado. Incluso me pellizcó la cola delante de todo el mundo, y tuve que dispararle una mirada violenta para que entendiera que nuestro problema no se iba a solucionar con unas palmaditas en la cola.
Mientras tanto, Marcelo nos miraba divertido. Supongo que de alguna forma rara debía estar contento de que nos llevemos tan mal o, peor aún, de que ya no nos llevemos más. Quiero decir, la distancia entre José y yo era obvia. No hablábamos, no interactuábamos y yo me solté varias veces cuando me quiso agarrar.
A la tarde, José vino a mi escritorio y me propuso hablar, pero le dije que tenía mucho trabajo y que no podía hasta más tarde. Me preguntó a qué hora salía y le dije dos horas después de su horario para no tener que cruzármelo a la salida. La verdad es que no tenía un plan. Sólo sabía que no podía estar ni cinco minutos más con él. Su presencia me sacaba de las casillas. Si hubiera tenido café, se lo hubiera tirado encima como hice otras veces.
Como si fuera poco, todo ese tironeo sucedió delante de todo el mundo, en mi escritorio. Y cuando digo “todo el mundo” incluyo a todos los que alguna vez nombré: Piñata, Marcelo, mi jefa, Graciela y otros empleados que circulaban hacia otros pisos por las escaleras.
Sin embargo, cuando salí de trabajar, mi enojo se disolvió por arte de magia. Y por magia no me refiero a azar, sino a un truco eficaz y premeditado que por un rato, me brindó la ilusión de una realidad distinta.
José me esperaba sentado en la escalera con un reproductor de dvd nuevo en la mano. Me conmovió profundamente que me pidiera disculpas y que comprara un reproductor para mí, pero más que nada, me gustó que esperara dos horas, que lo envolviera para regalo, y que se sintiera mal por su actitud de chimpancé destructor.
Me aclaró, sin embargo, que no lo íbamos a poder usar hasta que terminara el partido de Racing y yo, que estaba muy dócil y emotiva por su actitud le dije que no había problema. Que él mirara su partido tranquilo y que podíamos ver una película después.
Pero la emotividad me duró dos horas. Para estar cómodo mirando el partido, se puso mi bata y mis pantuflas, y empezó a saltar por encima del sillón completamente fuera de sí y a gritarle al televisor cada vez que Racing estaba en situación de gol. Creo que ningún vecino pudo comer en paz. Sus gritos, sus insultos, sus escándalos eran exasperantes. Era una puteada atrás de otra, como una ristra de chorizos interminable.
Cuando terminó el partido yo estaba de malhumor por sus chillidos y él por el resultado. Nos sentamos a comer en silencio. Supongo que él pensaba en el club de sus amores y yo en que jamás debería haberle dicho que mire el partido ahí. Pero no llegamos a discutir ni a entablar una nueva conversación, porque nos interrumpió el timbre.
Yo supuse que era algún vecino para quejarse y se lo dije, enojada. El, por su parte, me aclaró que si era un vecino con ganas de pelear, lo cagaba a trompadas y listo, “por amargo”.
LG
¿Hola?
Pero me llevé la sorpresa de mi vida. No era un vecino. Al menos no mío.
MARCELO
Hey, hola. Soy yo. ¿Qué hacías?
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Hoy José vino a casa después del trabajo. La idea era pedir algo para comer y ver una película, pero no pudo ser, porque el reproductor de dvd se empacó y ahora no anda más. Y cuando digo que no anda más, no quiero decir que se haya roto. Nada más lejos. El reproductor andaba perfecto, lo que no andaba bien era otra cosa.
Mientras yo pedía la pizza, José trató de poner música, pero el disco giraba en falso y no cargaba. Cuando lo quiso sacar, sin embargo, el reproductor no se podía abrir. Trató apagándolo y prendiéndolo, forzándolo con un clip, haciendo palanca con un cuchillo, sacándole la tapita del display, pero no hubo caso. Y durante el proceso se fue poniendo tan nervioso, que finalmente le dio un golpe desde arriba y nunca volvió a prenderse.
Yo me puse tan mal por la situación que dejé de hablarle, y él, que no es precisamente un mago de las relaciones interpersonales, buscando consolarme, no tuvo mejor idea que decirme que me compraba uno nuevo porque total ese era una porquería.
Apenas lo dijo, me puse a llorar desconsoladamente, y a gritar que era un animal, que no lo soportaba más, que quería que se fuera ya mismo de mi casa. Que ese era mi reproductor de dvd, que siempre había funcionado bien y que en su momento me había costado mucho comprarlo. Que no tenía derecho a pegarle de esa forma. Que estaba cansada de sus gritos, de sus escándalos, de su carácter imposible. Que no quería pasar más vergüenza ni tener miedo de que explote en cualquier situación. Que era un grosero, un irascible, un orangután y que no lo iba a soportar ni un minuto más.
El, por su parte, también gritó. Argumentó que él no tenía la culpa de que el reproductor fuese una basura, que yo me ponía histérica por cualquier cosa y acto seguido agarró su saco y sus papeles y dio un portazo, ofendido. No sé quién le habrá abierto la puerta de abajo, pero supongo que alguien lo hizo, porque cuando llegó la pizza, ya no estaba.
De más está decir que el dvd nunca volvió a funcionar. Murió, opaco y callado, como mueren los electrodomésticos.
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A veces, cuando me enfrento a una situación determinada, los hechos se me presentan claros y contundentes. No tengo dudas. Estoy segura. Tan segura como que no me gusta el hinojo, subirme a las montañas rusas o el cine iraní.
No necesito meterme un hinojo en la boca para saber que no me gusta. Su olor, su textura, su forma de quebrarse en la boca me dan un asco que no me deja vacilar. No me gusta y punto.
Me llama la atención, entonces, en algunas ocasiones, luego de un tiempo, esas certezas que en algún momento fueron tan claras, se desvanezcan como un argumento borroso en mi memoria. Como si las diera vuelta y encontrara un montón de razones ocultas que decían lo contrario, y que ciega por mi seguridad inmediata e imponente, no pude ver.
¿Cómo puede ser si se sentía tan seguro, tan tajante, tan verdadero? Como una verdad absoluta, que de repente, se desvanece como un hechizo.
Hoy, mientras José hablaba sobre el posible descenso de Racing y yo me hacía la que escuchaba, pensaba qué hubiera pasado si hubiera escuchado a Marcelo la primera vez. Quizás no hubiera salido con Matías. Quizas nunca lo hubiera encontrado besándose con su ex y no hubiera tenido que inscribirme en un portal de citas, ni salir con un amigo de Marisa o con José. Quizás no lo hubiera odiado por insistir. Quizás las cosas hubieran sido distintas.
En ese momento, sin embargo, parecía todo tan cierto. Estaba tan segura de mis “no”. Estaba tan concentrada en quejarme, en huir, en mirar para otro lado. Quizás, si él no hubiera sido tan insistente, ni yo tan histérica, ni Matías tan simpático, ni mi madre tan mordaz. Quién sabe qué hubiera pasado si yo no hubiera estado tan segura de algo que quizás, sólo quizás, no era cierto.
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El viernes a la tarde, pasó lo que yo suponía que iba a pasar. Marcelo quiso hablar. Esta escena se repitió millones de veces a lo largo del último año. Cada vez que alguien quiere hablar conmigo, yo me escapo. No sirvo para confrontar. No sé qué decir, no sé cómo decirlo, y la mitad de las veces termino llorando. Pero esta vez yo misma había propiciado la situación y no iba a poder escaparme así nomás. O no me iban a dejar, en realidad.
MARCELO
¿No vamos a hablar?
Y me encogí de hombros.
MARCELO
(Risueño)
¿Vamos a hacer como que no pasó nada?
LG
No…
MARCELO
¿Entonces?
LG
No sé. Vos dijiste que ya estaba. Vos dijiste que era la
última vez, que ya no ibas a estar.
MARCELO
Yo sé que yo te dije.
LG
¿Entonces?
MARCELO
¿Entonces? Decime algo, decime si estás segura. Decime si significa algo, si
mañana no vas a decir que estás confundida y que no sabés que
querés. Pero decime algo ahora. No voy a quedarme esperándote toda la vida.
LG
No sé, recién pasó, yo no lo pensé, no planee nada.
Salió así. Justo ahora… ¡No puedo contestarte en un minuto!
MARCELO
¿Cómo sé yo que no hacés esto sólo para probarte que sos
más importante que ella?
LG
Yo sé que soy más importante que ella.
Marcelo miró su reloj durante quince segundos que me parecieron mil.
MARCELO
(Enojado)
Ya no.
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Hoy, cuando llegué de la oficina, me encontré con las invitaciones del casamiento debajo de mi puerta. Nunca las fui a buscar. En realidad, no volví a almorzar con ellos después de la pelea entre mi mamá y José. Supongo que las debe haber dejado ella.
No sé si fue para reconocer su supuesta derrota o intentar un acercamiento, pero el sobre, en letras plateadas, dice “Lucía y José”.
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