Marcelo volvió de vacaciones al mediodía. Vino con el bolso directamente a la oficina, y de la oficina directamente a mi escritorio. Lo primero que dijo fue “Volví”. Levanté la cabeza y ahí estaba, como esperando algo de mí.
Me preguntó si quería ir a comer abajo para hablar y le dije que sí. Agarré mis cosas, él dejó su bolso y bajamos. Pero en el trayecto nos cruzamos con Piñata y Silvani que también querían almorzar y se sumaron. Y llamaron a Graciela. Y a José. Y a Gisela. Y a todo el mundo. Así que finalmente almorzamos todos juntos y me relajé.
El almuerzo fue como siempre. Gritos pidiendo más cocacolas, milanesas aceitosas, vasos confundidos y esa lucha despareja de luncheon tickets al final. En el medio, Marina llamó al celular de Marcelo. Me di cuenta por su cara y por lo que decía.
MARCELO
(En el teléfono)
Acá, en el bar, almorzando con todo el mundo. Sí. No.
Más tarde, lo dejé acá. Sí, con todos. Sí, está. ¿Para qué?
Dale, che. Hablamos después. No. ¿Para qué?
Yo me comía un pan para disimular lo concentrada que estaba en escuchar su conversación.
MARCELO
Porque no tiene nada que ver. No. Bueno, a ver esperá.
Y me pasó el teléfono a mí, que me quedé dura como una estatua.
MARCELO
Quiere hablar con vos, está chistosa, no sé.
Agarré el teléfono atemorizada y un poco desencajada por lo bizarro de la propuesta.
MARINA
¿Qué taaaaaaaaaal? ¿Cómos se están portando? ¿Comiendo rico?
LG
Sí, lo de siempre.
MARINA
¿Mi novio?
LG
¿Qué cosa?
MARINA
¡Si se está portando bien!
LG
Eh… sí.
Marcelo se mordía el labio, incómodo. Intuyo que el también quería morir de vergüenza.
MARINA
Jjajajajaj. Bueno, cuidámelo mucho. ¡Decile que te muestre las fotos
del hotel que están lindísimas!
LG
Bueno. Le digo. Chau.
Y le pasé el teléfono a Marcelo, como si me quemara. Por suerte en ese momento nos trajeron la comida y pudimos cambiar de tema. Cada vez que llega comida a la mesa, se produce una grieta en la conversación. Agradecí religiosamente cada bocado, cada comentario criticando el puré, cada puteada por la lechuga marchita. Hasta que escuché algo que debió anticiparme todo lo que vendría después.
JOSE
¡Pero la puta madre puede ser que no traigan bien una puta cosa!
Traté de minimizar la situación ofreciéndole cambiar de plato conmigo pero no quiso y llamó al mozo. Al mismo mozo con el que se peleó la vez anterior.
MARCELO
(En el medio del quilombo)
¿Vos estás bien? ¿Querés que después hablemos de eso?
LG
(Mirando a José, incómoda)
Si no terminamos todos presos, podríamos hablar. Sí.
MARCELO
¿Querés que le diga algo yo? ¿Qué yo llame al mozo?
LG
No, no.
JOSE
(A los gritos)
¡Eu! ¿Me podés cambiar esto? Fi-le-tto. Fi-le-tto.
LG
(A José)
¿La podés terminar, por favor? ¿Comés cualquier porquería sintética
y no podés comer otra salsa? Cometelos y dejá de hacer escándalo.
JOSE
¿Por qué? Yo no pedí esto, ellos se equivocaron. Que me lo cambien.
LG
Porque yo te lo pido.
JOSE
No, lentejita. Esto es una cuestión de principios.
MARCELO
Me lo como yo. Me como los dos, tengo hambre, y vos pedí uno nuevo.
JOSE
¿Laburan acá ustedes dos?
José se paró y le silbó al mozo.
JOSE
(Al mozo, furioso)
¿Che, vos me estás tomando el pelo? ¿No ves que
te estoy llamando hace media hora?
LG
¡José! ¡Por favor!
JOSE
(Golpeando la mesa)
¡No, loco! Yo no pedí esto. Se hacen los boludos a propósito.
En ese momento se me salieron sentí tanta bronca y tanta humillación que estuve a punto de ponerme a llorar. Hubiera querido que me saque la policía con una campera en la cabeza para que nadie me viera. Toda la gente del bar nos observaba como si fuésemos un montón de barrabravas desubicados. Las chicas de otros pisos murmuraban, los hombres se codeaban y se reían, los desconocidos abrían la boca con fascinación morbosa. Nadie se quedaba indiferente al espectáculo de José.
Para evitar un llanto inminente, agarré mis cosas y me fui del restaurante, indignada. José siguió gritándole al mozo como si nadie lo mirara.
MARCELO
(Apenado, desde la mesa)
¡Che, la comida!
Volví a la oficina pero me quedé sentada en la escalera de servicio, pensando. No quería hablar con nadie. Mucho menos que me preguntaran en dónde estaban los demás o por qué había vuelto antes. Si fumara, me hubiera prendido un cigarrillo. Me hubiese gustado fumar en ese momento, o al menos tener un café.
Diez minutos después llegó Marcelo. Lo escuché preguntar por mí desde atrás de la puerta. Titubee algunos segundos y lo llamé. Se sentó al lado mío, en la escalera, tratando de no reírse. Me dio un paquete de papel blanco con algunas manchas de aceite.
MARCELO
Pedí que te lo envolvieran, sino te ibas a quedar sin comer.
¿Querés que te busque cubiertos?
Y no sé si fue la comida, la falta de cigarrillos o la oscuridad de la escalera. No sé si quería yo o quería él. No sé tampoco si está bien, está mal o más o menos. Pero lo besé.
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LG
Hola, soy yo.
MARCELO
¡Hola! ¿Pasó algo?
LG
Te llamé varias veces, estaba apagado.
MARCELO
(Sorprendido)
Ah, es que estoy lejos.
LG
Si, ya me enteré, en una cabaña o algo.
MARCELO
¿Qué cabaña?
LG
Ah, no importa. Yo te llamaba por lo de los golpes.
MARCELO
¿Qué golpes?
LG
Eso que dijo Matías, que te iba a pegar de nuevo.
MARCELO
Ah, no sé, debe ser un chiste de él.
LG
¿Esa vez que dijiste que te asaltaron te asaltaron?
MARCELO
¿No podemos hablar cuando vuelva?
LG
¿Cuándo volvés?
MARCELO
El jueves
LG
¿El jueves?
MARCELO
¿Qué pasa? ¿Estás bien?
LG
Sí, bien. Pensé que volvías antes.
MARCELO
¿Necesitás que vuelva? ¿Te pasa algo? ¿Pasó algo con Matías?
¿Estás sola? ¿Podés hablar ahora?
LG
¿Sí, vos podés hablar?
MARCELO
Sí. ¿Por?
LG
Por nada.
MARCELO
Ok. Hablamos el jueves entonces.
LG
Bueno, suerte en la cabaña.
MARCELO
¡No es una cabaña!
LG
¿Qué es?
MARCELO
Un hotel.
LG
Mirá vos.
MARCELO
Jajajajjaa. A ella tampoco le gusta ir de camping.
LG
…
MARCELO
¿Estás?
LG
Sí.
MARCELO
Un beso.
LG
Un beso.
MARCELO
Hasta el jueves.
LG
Hasta el jueves.
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¿Marcelo habrá llevado a Marina al mismo camping que a mí? ¿Se habrán quedado? ¿Le habrá gustado? ¿Le habrá dicho que fue conmigo? ¿Le habrá importado? ¿Se habrá quedado después de saber?
Quizás se vuelvan antes. ¿Qué se puede hacer en un camping con semejante frío? ¿Dormir? ¿Sufrir? ¿Tomar mate cocido? ¿Prender un fuego? Quizás vuelvan mañana con los dedos escarchados y las narices azules.
¿Y si no fueron a un camping? ¿Y si fueron a una hostería? Seguro fueron a un hotel. Claro. A mí me llevó a un camping horrible y a ella a una cabaña con chimenea frente a un lago divino. Yo fui en conejillo de Indias, el ensayo, el boceto de relación. Conmigo se equivocó y con ella aprendió. Qué suerte. Bien por ellos dos. Ojalá la pasen bien en la cabañita.
Qué me importa. ¿Quién la puede pasar bien con este frío? O al revés ¿Qué otra cosa podrían hacer en una cabaña con semejante frío más que pasarla bien?
¿Dormir?
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Cuando vi a la ex novia (¿ex novia? ¿novia? ¿esposa? ¿amante? ¿amor de su vida?) de Matías me quedé dura. Hasta mi ensalada se entumeció. Mi plato y yo parecíamos una de esas estatuas vivientes que hay sobre la calle Florida. Ni nos íbamos, ni nos movíamos, ni hablábamos, ni nos caíamos al piso. Nos quedábamos ahí, clavados en ese instante de shock.
José estaba lejos, apilando comida en su plato como si se viniera la tercera guerra mundial, y yo, a pesar de que me sentía orgullosa y serena con mi elección, me encontraba un poco desamparada. Tener un hombre al lado es casi como un abrigo al ego y un paracaídas. Sabés que si te quedás muda, si te ponés muy colorada o si empezás a decir pavadas el otro te va a rescatar. O al menos va a tratar de hacerlo.
Cuando ella me vio se quedo callada, pero Matías, por insensible o civilizado, me hizo algunas preguntas de rigor. Le dije que todo estaba perfecto, con voz nerviosa y fingida, pero en vez de conformarse con eso, arremetió con novedades del trabajo, preguntas sobre el menú, observaciones sobre el clima y alguna otra pavada poco interesante que ni siquiera escuché.
Por suerte, Marcelo, que conoce bastante bien la historia, vino para nivelar la incomodidad. Cuando ella lo vio, le puso la mano sobre el brazo a Matías y yo, por un momento, me sentí menos especial que nunca. No sé qué tiene Marcelo, pero siempre sabe. No tengo idea si es una cualidad femenina, fraternal o curandera, pero siempre sabe qué está pasando en la cara de los demás.
Hablamos un poco más, pero la tensión llenaba todos los silencios, así que Marcelo decidió cortar por lo sano diciendo que todos nos estaban esperando para empezar a comer. Y Matías reaccionó mal. Le dijo que estaba hablando conmigo, que en todo caso, se fuera él. Marcelo, desencajado, le dijo que yo no tenía nada que hablar con ellos dos y Matías contestó algo que todavía no puedo entender.
MATIAS
Ya te dije varias veces que te metas en tus cosas.
MARCELO
(Mirando a la novia de Matías)
Uh, pero son mis cosas. O mejor dicho, son las cosas de todo el mundo.
Y nos fuimos para la mesa. Pero Matías siguió hablando solo, furioso.
MATIAS
(Dejando el plato sobre la mesada)
¿Vos querés que te pegue de nuevo, payaso?
En ese momento no me di cuenta de nada. Solo volvi a la mesa, comí, y me quedé pensando toda la tarde en Matías y su novia. En cuántas otras veces se habrán peleado y se habrán vuelto a arreglar. En cuántas chicas habrá conocido Matías en esos baches. En cuántas habrá engañado con su ex novia o a cuántas habrá dejado de llamar porque volvía con ella.
Pero el sábado, con la cabeza más clara, me acordé de la conversación y lo llamé a Marcelo para preguntarle qué había querido decir Matías con “pegarle de nuevo”. Pero no pude averiguarlo. Ni el sábado. Ni el domingo. Ni hoy. Y por lo que me dijeron, ni mañana, ni pasado. Al parecer, Marcelo por fin consiguió una chica que quiera ir de camping con él y se la llevó todo el fin de semana largo.
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A causa del escándalo de ayer, tuve que sugerirle a todo el mundo que busquemos nuevos lugares para almorzar. Intentando disimular, les pregunté si no estaban cansados de las bebidas calientes, de los pedidos equivocados, del puré con grumos, del pan gomoso del día anterior. Pero dijeron que no. Que el bar quedaba cerca, que era barato y que atendían bastante rápido.
Pero a pesar de la determinación general, no tuve que insistir. Apenas empezaron las negativas, José se adelantó y contó la verdad. Dijo que estábamos proscriptos del bar “por culpa de un mozo tarado que no quiso cambiarnos la comida”.
Apenas dijo que había revoleado una milanesa con plato y todo, la oficina estalló en una carcajada parecida a un trueno largo y poderoso. José se justificaba diciendo que “era culpa de ellos por idiotas”. Yo, por mi parte, solo me encogía de hombros. No quería estar ahí. No quería ser parte de la anécdota. No quería tener la entrada prohibida a ningún lugar. No quería sentir esa vergüenza. Pero no me quedaba más opción que asentir.
Finalmente José los convenció de ir a otro lugar. Al parecer, algunas personas de su piso iban a un tenedor libre naturista que quedaba a cuatro cuadras, pero que era muchísimo mejor. Ahí iba él antes de conocerme (¿O debería decir “conocernos”?).
La verdad es que el restaurante resultó una maravilla. Incluso me alegré de que José haya revoleado la milanesa. Había muchísimas ensaladas y otros platos vegetarianos ricos y libres de grasas. Al mismo tiempo, al ser un tenedor libre, los animales como José y Silvani podían tragar volquetes de tarta de zapallitos y croquetas de mijo sin preocuparse por la cuenta, y para Marcelo (que detesta los conservantes) y Piñata (que está a dieta) también era el lugar ideal. Es decir, un negocio perfecto. Todos felices gracias a la milanesa voladora de José.
Previsiblemente, el tema de conversación giró en torno al restaurante. Silvani preguntaba ¿Esto tiene carne? en todas las bandejas. Yo, por mi parte, no tenía idea de qué era cada cosa, pero me guié por Marcelo (que explicaba qué tenía cada preparación) y por José (que acotaba “los rojos están buenos” o “los tomates esos se la bancan” )
Pero en el medio de nuestro festival naturista, nos cruzamos con un invitado sorpresa. Cuando José dijo que la gente de su piso comía ahí, nunca pensé quién era esa gente. Me los imaginé como una masa amorfa de desconocidos que iban en malón a llenarse el buche de zanahoria rallada. No lo pensé. No los visualicé. No até ni un solo cabo.
La sorpresa me llegó en la mesa de ensaladas, cuando Matías, colorado e incómodo, me dijo un tímido “hola” teñido de obligación. En ese momento en pareció curioso. Él tan nervioso y yo tan relajada. Me daba igual tenerlo enfrente, pero era obvio que a él no le pasaba lo mismo. Quería irse corriendo.
Si tengo que ser sincera, a riesgo de parecer una estúpida, tengo que confesar que en ese momento me sentí espléndida, adulta, equilibrada. Toda una mujer de treinta años. Le pregunté cómo estaba y él me contestó escuetamente. Y un poco por sádica y un poco porque quería disfrutar de esa brisa de superación, estuve a punto de preguntarle cómo iba el trabajo, qué le parecía el clima, si había venido con la gente del trabajo.
Pero no pude. Me quedé muda. Se paró el mundo. Dejé de escuchar. Los zapallitos se volvieron borrosos. Las mesas me empezaron a dar vueltas. Y me sentí una idiota, una idiota ejemplar, cuando su ex novia volvió de la mesa de ensaladas con dos platos y le dijo “Mati, no hay aceto”.
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Hace un rato bajé al bar a almorzar con José por última vez. Ya nunca más nos vamos encontrar para untar pancitos o a pelearnos por un salero en la misma mesa. Se terminó. Fue la última vez. Al menos con él.
Todo empezó cuando pedimos la comida. Yo insistí con una milanesa al horno y una ensalada sin aceite y él se pidió dos platos principales juntos. Previsiblemente, otra vez la milanesa vino chorreando aceite y tuve que llamar al mozo para pedirle que me la cambie. El mozo aseguraba que la milanesa era al horno, yo le decía que daba lo mismo porque parecía frita, y José le decía que éramos clientes de casi todos los días, que me haga otra milanesa y listo.
Así que se la llevó.
Pero al rato volvió con una milanesa igual de grasienta que la anterior. Casi peor. Así que me di cuenta que no tenía sentido insistir y me la empecé a comer. Al verme, José me sacó el plato indignado. Me dijo que cómo me iba a comer una milanesa que no quería y le dije que tenía hambre, que me daba lo mismo, que no quería volver a esperar porque igual no iba a entender que la quería sin nada de aceite.
JOSE
Siempre hacés lo mismo vos, dejás que los demás hagan lo
que quieran y para no pelear, te terminás comiendo una
milanesa asquerosa.
Yo seguí comiendo en silencio con la secreta esperanza de evitar una pelea. Mientras tanto, me divertía mirando cómo la cara de José cada vez se ponía más colorada. El seguía hablando, pero yo no lo escuchaba. Me imaginaba que en vez de cabeza tenía un tomate enorme y me reía. Pensaba que iba a estallar y a llenar de pulpa todas las paredes.
Recién volví en mí cuando me sacó los cubiertos y volvió a llamar al mozo.
LG
En serio. No te preocupes, no es para tanto, me gusta así.
JOSE
No te gusta así ¿Estás loca? ¡Decile algo!
LG
¡Es mi milanesa, me la como así!
Cuando el mozo llegó, José empezó a discutir diciéndole que no íbamos a pagar ni a comer esa milanesa y que se la llevaran ya mismo. El mozo dijo que era tal cual yo la había pedido y que si no le ponían aceite se pegaba. José le explicó que eso no era una milanesa con aceite sino un aceite a la milanesa y la conversación subió tanto de tono, José se puso tan nervioso, y el mozo tan cabezadura que pasó lo que yo no quería que pase.
JOSE
Bueno, esa milanesa no es la que yo pedí ¿No te la llevas?
Ok, yo tampoco la quiero en mi mesa.
Y tiro el plato al piso.
Y esa fue nuestra última comida en el bar. No podemos volver. Ni siquiera en grupo. Supongo que pediremos delivery, buscaremos otro bar, o llevaré algo desde casa. Porque antes de mirar a ese mozo a la cara, prefiero no comer.
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Ayer a la noche Marcelo me dejó dos mensajes en el contestador, pero era tarde y además no quería hablar con él. Probablemente me iba a preguntar qué había dicho Marina y me iba a tener que meter en una situación desagradable para mí. Sin embargo, hoy mientras bajábamos a almorzar me interceptó y me preguntó lo que yo esperaba: ¿Está todo bien? ¿Estaba enojada? ¿Te dijo algo?
Le conté lo que me había dicho de él. Que cuando estaba con nosotros era mejor (presumo más atento, más amoroso, más considerado) y que cuando estaba solo con ella era raro (sospecho más indiferente, más parco, más distante).
No dijo nada. Se puso colorado, me dijo “ok gracias” y se fue.
Y eso es todo.
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Hoy fuimos casi todos a almorzar al bar de abajo. Nos tomamos casi dos horas para comer, hablar pavadas, y tirar chismes sin fundamento sobre los demás empleados de la empresa. Me comí dos pancitos untados, una milanesa al horno y una ensalada. Todo tenía aceite. Protesté y me quejé con el mozo, pero me lo seguí comiendo. Cuando vino a cambiarmelo ya faltaba la mitad. Un papelón.
Marina, en cambio, apenas tocó su plato. Y sí, si es un pajarito. Es de las que comen una sola empanada y avisan que no pueden más. De las que sacan un caramelito de la cartera y guardan el paquete. De las que se olvidan que tienen una caja de alfajores en la alacena desde el invierno pasado. De las que no comen chocolate porque cae pesado. De las que piden helado de frutilla y limón.
Así que mientras los demás comíamos, ella jugaba con las servilletas. Primero las picó. Después las enrosco para formar palitos. Después hizo un moño, una flor, un muñequito, unas figuras abstractas parecidas a un pulpo, y finalmente se puso una tirita en el dedo anular como anillo y se la empezó a mirar, embelesada.
Yo, que venía viendo las cosas que hacía para no comer, me quedé espiando, curiosa, cómo jugaba a ser casada. Sentí compasión y un poco de empatía, no lo voy a negar. Me hizo acordar a esa época de la escuela primaria en la que todas practicamos una nueva firma con nuestro nombre y el apellido del chico que nos gusta. Como para probar si queda bien, si es verosímil.
Al que no le causó gracia fue a Marcelo, que cuando la vio murmuró algo y le sacó el papelito del dedo. Ella le contestó, pero no se escuchaba por el bullicio general. Lo único que sé es que discutieron en voz baja y ella se fue corriendo al baño. En ese momento Marcelo me miró con cara de situación y yo le hice señas para que vaya a buscarla, pero se quedó sentado, empacado como una mula. Así que no tuve más remedio que ir yo.
Le golpee la puerta del baño varias veces pero no salía ni me contestaba, asi que la esperé afuera. Quizás necesitaba estar sola, qué se yo. Al rato, salió con los ojos hinchados. Le pregunté si estaba bien y asintió con la cabeza. Dijo que Marcelo no era igual cuando estaba con nosotros que cuando estaba sola con ella, y que por eso le gustaba ir a jugar al bowling o salir con nosotros. Le dije que no entendía a qué se refería y me contestó tajante: “Hay dos Marcelos, uno con ustedes y uno conmigo. A mí me gusta más el tuyo, el que aparece acá que el otro”.
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Desde que dejamos de salir con el club de los solteros, la relación con los demás miembros se resintió considerablemente. Marina y Marcelo son la pareja preferida de todos, y José y yo somos como esos hijos malagradecidos y desaliñados que no van a visitar a sus padres todos los domingos.
Piñata, que está más flaco (pero todavía mucho más gordo que yo), incluso me mira reprobatoriamente, como por encima, manifestando con su ceño fruncido la reprobación y pena que le provoca que yo me robe la punta de una medialuna ajena a hurtadillas.
Mi mamá, por otro lado, me dejó un mensaje como si nada hubiera pasado en el contestador. Cuando yo era chica, este tipo de actitudes me volvían loca. Sentía que no me dejaba estar enojada con ella. Que mientras yo la odiaba por una discusión que habíamos tenido media hora antes, ella seguía hablándome de televisión, del colegio, o de algún pariente lejano que estaba enfermo.
Con José, en cambio, las cosas están mejor. Yo traté de olvidarme de su exaltación y preferí quedarme con el recuerdo de que me defendió de mi mamá cuando nadie antes lo hizo. Ni siquiera yo misma. Quizás no fue la mejor manera de hacerlo, es verdad. Quizás se extralimitó y se metió en un asunto que no era suyo., es cierto. Pero me defendió ¿No? Sintió que algo estaba mal y no pudo callarse la boca. Se lo puede acusar de impulsivo, de grosero, de inoportuno, pero éticamente su actitud fue irreprochable.
El sábado, para agradecerle de manera sutil sus buenas intenciones lo invité a cenar a casa. Le dije que iba a cocinar pero compré todo en una rotisería y mentí. Era la forma más fácil de hacernos felices a ambos. Él se creyó que cociné para él, yo me ahorré la tortura que implica cocinar, y los dos comimos cosas ricas. Sin embargo, el domingo mientras leíamos el diario y almorzábamos lo que quedó del día anterior, José dijo algo que me hizo pensar mucho.
Estábamos mirando a dos vedettes que salían en una publicidad de la televisión y yo dije que tenían las tetas demasiado operadas. El dijo que era cierto, pero que no sabía cómo era tocarlas. Que nunca había tocado una silicona. Y que si eran agradables al tacto, poco importaba que se notasen deliberadamente ficticias. Y después agregó algo que me llenó de dudas. Dijo “Yo hasta que no pruebe, no puedo decir si están bien o están mal”
¿Qué se supone que quiere decir eso?
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Ayer tuve, otra vez, un sueño horrible.
Yo era soltera y todavía vivía en la casa de mi mamá. Había cortado con Rodrigo y estaba más gorda que nunca. Tenía más de quince kilos de sobrepeso. En esa época, yo me despertaba tardísimo porque estudiaba para dar los últimos finales. Apenas me levantaba, en camisón y con todo el pelo revuelto iba a la heladera a buscar algo para hacer una suerte de brunch generoso y saturado de grasas trans. Ahora lo recuerdo y no lo puedo creer. No por las cosas que comía, sino porque no sentía nada de culpa. Para mí, la tragedia amorosa justificaba cada bocadito, cada mordisquito y cada chorrito de aceite de más.
En el sueño yo iba tambaleándome hasta la heladera y cuando la abría, no había nada. Entonces chillaba y le preguntaba a mi mamá si no había ido al supermercado, que no había nada para comer. Mi mamá salía de su cuarto, incómoda y cautelosa y me decía que teníamos que hablar, a lo que yo bufaba y pegaba pantuflazos contra el piso.
LG
¡Pero tengo hambre! Hablamos después
Pero mi mamá insistía y me decía que me quería presentar a alguien. Yo le explicaba que no quería conocer a ningún hombre, que recién había cortado con mi novio, pero ella insistía con que era algo diferente, y me pedía que fuera hasta el living.
Cuando llegaba el living, me encontraba sentado a Adrián Cormillot y me enamoraba a primera vista. No sé por qué. No me pregunten. Yo lo veía y sentía un amor que me hundía el pecho. Temblaba de emoción y caminaba hacia él como si estuviera hipnotizada.
Mi mamá nos presentaba y nos dejaba a solas, y él me contaba que tenía un programa de televisión en donde ayudaba a los gordos a dejar de comer. Yo hacía que lo escuchaba, pero sólo miraba sus ojos, su boca, sus manos enormes. Y en un momento no podía soportarlo más, y trataba de besarlo. Me acercaba lentamente, como en las películas, y él inclinaba su cabeza para recibir, cómodo, mi beso.
Pero apenas llegaba su boca, a un milímetro de rozar sus labios, Adrián Cormillot ponía un dedo entre nosotros y lo bloqueaba.
ADRIAN CORMILLOT
Tu mamá y yo queremos invitarte a Cuestión de Peso.
LG
¿Qué?
Mi mamá, que había visto todo, salía del pasillo en donde esperaba escondida, frotándose las manos con miedo.
MADRE
Es lo mejor.
LG
¡Ya voy a bajar! ¿No ven que estoy triste?
ADRIAN CORMILLOT
(Apenado y didáctico)
No estás triste. Estás gorda.
Y ahí me desperté.
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