Ciega a citas

Quedan 00 días para encontrar a un novio normal

Ciega a citas

Mucho, poquito y nada

April 8th, 2008 · Marcelo Ugly, Piñata

Hoy a la mañana me releí y decidí empezar de nuevo. Si me lo propongo, quizás pueda disminuir la cantidad de problemas que me aporta el vivir huyendo de la gente, postergando conversaciones, callándome la boca o evitando tomar decisiones.

Así que hoy, apenas llegué a la oficina, antes de hacerme el café, decidí cortar por lo sano y decirle a Piñata que Marcelo no me gustaba nada de nada. Ni un poquito.

LG
¿Viste que el otro día, cuando me dijiste que me gustaba Marcelo no dije nada?

PIÑATA

LG
Bueno, me gusta otro. Pero no quería que te enteres, así que te dejé
pensar que me gustaba Marcelo. Pero la verdad es que no.
No me gusta nada. No lo toco ni con una rama.


PIÑATA

(Negando con la cabeza)
Sí te gusta.

LG
Ehmmm. NO. No me gusta.

 

PIÑATA
Te gusta. Pero no lo sabés todavía.

LG
Lo que sea. ¿Podés dejar de hacer cosas para unirnos?

PIÑATA
No.

LG
¿!Por qué!?

PIÑATA
Porque yo no lo hago por voz.

LG
¿Cómo que no?

PIÑATA
No.

LG
¿Entonces? ¿Lo hacés por el amor?


PIÑATA

(Negando con la cabeza)
Nnn, nnn. Lo hago por otro.

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Síganme los buenos

April 7th, 2008 · José palo y a la bolsa, Marcelo Ugly, Piñata

A veces te duelen las piernas y seguís corriendo igual. Sabés que deberías parar, pero es más fácil seguir corriendo y ocuparse del dolor más tarde.

Yo estoy así. O soy así. Yo corro y me ocupo del dolor después. Y me hago mierda, por supuesto.

Ni siquiera sé si quiero seguir con todo esto. Estoy más para comerme un camión de chocolinas y mirar telenovelas que para hacerme la interesante con José. Me siento feúcha, perdedora, abandonada, y así es claro que no puedo llamar la atención de nadie.

Piñata, sin embargo, está tan obsesionado conmigo y con Marcelo que es más fácil seguirle la corriente. Se cree que estamos en una telenovela mexicana, porque cuando me habla de sus planes le brillan los ojitos como a la suegra mala de la protagonista.

PIÑATA
No, no. Voz no oiz, te ponéz en el mizmo equipo que Marzelo y ze azyudan,
te dize como tirar y aprovecház para chazrlar…La cueztión ez eztar zerca
porque a vezeztenez a alguien zerca y no lo vez, no lo vez.

LG
(Hastiada)
Para mí es muy obvio. Me pongo en el otro, el de Graciela, y le pido consejos a
José para disimular.

PIÑATA
(Negando con la cabeza)
¡Nnnno! ¡Nnnnnno! Y menos con Zraziela que mandonea todo.
¡Paraquéademáz!Tenez que zer más zimpática, mázentradora…
Vozponézmucha cara de culo, ¿Mentendéz?

LG
Para disimular

PIÑATA
Pero oime, voz no tenez que disimular máz. Vos veniz disimulando tanto
que Marzelo pienza que lo odiáz. Voz tenéz que darle a entender que te guzta un poco.

LG
¡No!

PIÑATA
¿Por qué?

LG
No estoy lista. Poneme en el de José y sigamos disimulando.

PIÑATA

(Negando)
Ezunatontería. No pienzo colaborar con que doz perzonaz ze zigan alejando.
No puedo, ezuna cueztion de prinzipios.

LG
¿Qué principios?

PIÑATA
(Firme)
Mirá, hazer que la gente ze aleje es de los malos, y yo quiero eztar del lado
de los buenoz.Yo te azyudo a concretar, para hizteriquiar te la arreglaz zola.

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Subí que te llevo

April 6th, 2008 · José palo y a la bolsa, Marcelo Ugly, Matías perfecto

Yo pensé que Piñata iba a transformar mi patética y predecible vida amorosa en una muestra itinerante de humillación. Que en su afán por juntarme con Marcelo Ugly me iba a espantar cualquier posible candidato o me iba a poner en falsa evidencia delante de mis compañeros de oficina.

Pero me equivoqué. Que Piñata crea que Marcelo y yo somos el uno para el otro es lo mejor que me pasó en la vida.

Ayer, el grupo de los solteros (Piñata, Marcelo, Zraziela, Gisela, José y yo) fuimos a cenar al bar que está abajo de la oficina. A pesar de que todos los que trabajan conmigo van ahí a desayunar, a almorzar, a cenar o a tomar algo (porque hay gente que trabaja de noche y los fines de semana) yo nunca había ido a cenar. La comida es fea, el lugar es horrible y el café es ácido, pero como queda cerca, todo el mundo sigue yendo.

Durante la cena estuve ocupada soportando los pisotones y codazos de Piñata, que como un cupido inmenso, mullido, robusto, trataba de que Marcelo y yo entabláramos conversación. Me empujó y me hizo hablar con tanta destreza que me quedé apabullada. Es una pena que Marcelo no me interese. Qué desperdicio de dotes celestinas.

No puedo negar, por otro lado, que esta confusión tiene un aspecto muy conveniente. Que Piñata crea que me interesa Marcelo me hace sentir protegida. No hay evidencia. Si José nunca me presta atención o declara ser homosexual, esta vez nadie va a pensar “Pobre LG, le pasó otra vez, siempre mete la pata. Va a morir soltera”.

Salvo por las incursiones solteronas de Zraziela que no paró de su madre, de lo peligrosa que es la calle hoy en día, de las chicas que salen sin ropa en las revistas (¡Y se les veía toda la cosa, abiertas de piernas de atrás como un pollo deshuesado!) podría decir que la primera mitad de la noche fue bastante común. Tan común como José.

José vive en un dos ambientes en el barrio de Congreso, tiene una hermana más chica, estudió administración de empresas y escribe sobre nuevos negocios y demás temáticas tan tediosas que me duermo de sólo enumerarlas. No dice nada demasiado divertido, ni nada vergonzante, ni nada ofensivo. Opina siempre lo correcto, o lo que hay que opinar.

Se podría decir que es aburrido como Ezequiel, pero no sería cierto. Porque si bien no se destaca en nada, José tiene una cosa que Ezequiel no tiene: sexo. Es alto, grandote, imponente. Tiene olor. Tiene gestos. Tiene miradas raras, dudosas, pecaminosas. Se da vuelta cuando pasa una mujer.

Además es enorme: parece que te puede envolver con todo el cuerpo; que te puede levantar en el aire, ligera, como si fueses una muñeca. Cuando una lo mira (cuando yo lo miro, quiero decir) no piensa en notas sobre economía ni en hermanas menores. Cuando una pasa cerca de José piensa en una sola cosa: en cómo sería acostarse con él.

Pero las ganas de acostarme me duraron poco. Y no por algo que haya hecho él, que no hizo nada (ni bueno ni malo), sino por algo que hizo un tercero.

A las diez de la noche, mientras yo me robaba las obleas del helado de Piñata, me burlaba de una anécdota de Silvani (que siempre involucran una vedette conocida que lo invitó a salir), a cuarenta y cinco grados de nuestra mesa, con gesto galante y una conversación lejana que parecía muy divertida, entró al bar Matías con otra mujer. O mejor dicho, con una mujer mucho más linda que yo.

No sé cómo será para los hombres, pero para nosotras, ver a alguien que todavía nos importa (el amor de nuestra vida, nuestro último novio, tu ex marido) con otra mujer, es un precipicio. Es como si el pecho se nos cayera, pesado, al piso. Como cuando tirás una bandeja sin querer, cuando te resbalás y te caés en el borde de una pileta, o como cuando te choca de atrás un auto más grande que el tuyo. Igual. No podés respirar. No podés hablar. No podés seguir viviendo.

Anoche a mí me pasó eso. Y me tomó por sorpresa, porque nunca había pensado en cuánto me iba a molestar. No me lo había imaginado todavía. Pensé que faltaba mucho para ese momento.

Aguanté, con la cara deformada de sorpresa, espiando indiscretamente, torpemente, ligeramente, la mayor cantidad de tiempo que pude. Unos veinte minutos. Después me tuve que ir corriendo al baño a llorar. Y lloré un rato sin querer, secándome las lágrimas avergonzada, irritada conmigo misma. Y traté de parar mil veces, pero las lágrimas volvían a brotarme de los ojos como yuyos necios.

Cuando salí, Marcelo me esperaba en la puerta del baño. A lo lejos, Piñata me hacía sonrisas cómplices, aprobando el encuentro ocasional en la puerta del toilette.

MARCELO
¿Estás bien?

LG
(Asintiendo con la cabeza)
Sí, pero creo que mejor me voy.

MARCELO
Te alcanzo.

LG
No, me tomo un taxi. Mejor quedate.

MARCELO
No, no, te llevo. Igual ya me voy.

Y me dejé llevar otra vez. Igual que el primero de enero, cuando volví llorando de esa fiesta. Volví mirando por la ventana, sin ver nada, sin pensar nada, tratando de contener las lágrimas para poder llorar a solas, en casa, con la cara estampada en la almohada.

Antes de bajarme del auto, sin embargo, quise saber. O en realidad no quise seguir corriendo, ni hacer que no me importaba, ni seguir simulando desinterés. Quise saber si tenía sentido estar llorando en ese momento. Si era una estúpida o si él era un infeliz.

LG
(Antes de cerrar la puerta del auto)
¿Te acordás del sobre, el de Matías? … El de los llamados, el del celular.

MARCELO
Sí.

LG
¿La llamó muchas veces?

MARCELO
¿Cuántas son muchas?

LG
No sé.

MARCELO
Tengo el sobre en el baúl. ¿Lo querés?

LG
No. Si me lo das lo voy a leer toda la noche. Yo me conozco.
Decime vos. ¿Eran muchas?

MARCELO
Para vos hubieran sido muchas.

LG
¿Te parece?

MARCELO
Sí.

Y recién ahí, en la puerta de mi casa, llorando y con la panza llena de obleas, entendí por primera vez que Matías y yo nunca íbamos a volver. Que era de verdad. Que era definitivo. Que era inamovible. Irrescatable. Imposible. Que no era, ni iba a ser nunca Matías perfecto. Ni para mí ni para otra.

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Piñata celestina

April 4th, 2008 · José palo y a la bolsa

Acercarme a José, el del piso de Matías, va a ser imposible. Más vale que me vaya rindiendo, porque yo no puedo ir a la oficina del otro a hacerme la coqueta. No por dignidad o verguenza, que sabemos que no tengo. Sino porque Matías perfecto está enojado conmigo y algo le va a decir.

Tampoco puedo hacer que José baje, ni preguntarle cosas a Piñata o a Marcelo, así que mi única oportunidad de conocerlo, son las salidas del grupo de los solteros de la oficina. Es decir, voy a tener que bajar al infierno. Voy a tener que ir a Fame a comer con Zraziela, Piñata y el polaco Silvani, voy a tener que ir a jugar al bowling, y voy a tener que ir a hacer asado a Parque Sarmiento en bermudas, con mi tablita de madera y mi juego de cubiertos tramontina en la cartera.

Tengo, sin embargo, algunos planes patéticos,  como averiguar alguna información de manera sutil.

LG
(A Piñata)
Al final, vos sos re popular acá, tenés amigos de todos los pisos.

PIÑATA
Yzo zoy moy moy zoziable, ziempre eh.

LG
Sí, se nota…. Che, y con algunos sos más amigo que con otros…

PIÑATA
Ziiii… ¿Por qué?

LG
Nada, curiosidad.

PIÑATA
¡Yo zé zobre quien queréz zaber!

LG
¿Qué?

PIÑATA
Ze te nota.

LG
(Colorada, incómoda)
¿Se me nota qué?

PIÑATA
(Con cara de vivo, juntando dos dedos índices por el  costado exterior)
De Marzelo y vos. Cuchiczheando, mirando…

LG
¿Qué?


PIÑATA

Que ze guztan, que hay onda.

LG
Abrime la ventana que me ahogo.

PIÑATA
(Pícaro)
Zzhhhhhhhhhzzh. No digo nada, no digo nada.

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¡Chuza!

April 3rd, 2008 · Marcelo Ugly, Piñata

Yo sé que dije que no iba a ir al bowling. Es más, sé que dije que prefería estar muerta. Y era cierto. Pero a veces pasan cosas en el camino, y uno cambia de opinión.

Estuve dilantando el momento de retractarme durante todo el día. Me daba verguenza decirles que no quería ir cuando mi nombre desafiaba mi negativa, impreso en la lista de la cocina. Me daba culpa porque yo sabía el verdadero motivo de mi ausencia: ni tenía otro compromiso, ni me había doblado un tobillo, ni tenía sueño. Yo no quería ir porque si escuchaba una vez más “mi madre es mayor” o “Zraziela, quedate” me iba a tirar por la ventana de la oficina.

Así que esperé todo lo que pude, con la esperanza de que no se dieran cuenta y yo pudiera huir de la jauría de solteros, por la escalera, a hurtadillas. Pero eso no pasó. A las seis en punto (sí, nosotros trabajamos los feriados) Piñata me vino a buscar a mi escritorio y tuve que decirle lo primero que se me vino a la cabeza: que todos los miércoles tenía una cena familiar y nunca iba a poder ir a jugar con ellos.

Sin embargo, quince segundos después de haberlo dicho me quise morir. Porque salió del baño un morocho interesante que jamás había visto en mi vida y le preguntó a Piñata si iban juntos o se encontraban en la puerta.

De más está decir que no se me ocurrió nada para corregir la situación en ese momento. Si hubiera dicho que estaba cansada habría podido arrepentirme e ir de todos modos, pero había dicho lo de la cena y ya era tarde. Así que los dejé ir, mirándo al morocho de espaldas y maldiciendo a Marcelo por haberme dicho “gente más copada” en vez de “un tipo lindo que no conocés”.

Pero diez minutos después, mientras me autoflagelaba en la escalera, se me ocurrió que podía ir directamente al bowling. Podía llegar, decir que la cena se había cancelado y que pasé a ver si seguían jugando. Era patético ¿Pero quién se iba a enterar? Piñata y Marcelo iban a estar contentos de verme. Ý yo iba a estar contenta de ver al morocho ese y averiguar si era -efectivamente, increíblemente, sospechosamente- del grupo de los solteros.

Así que no lo pensé más y fui.

A pesar de que intenté ir al equipo del morocho, no hubo caso. Piñata me retuvo como si fuese una tarada a la que no podía soltarle la mano porque se perdía en el salón. Así que no pude averiguar demasiado. Sólo puedo decir que el morocho en cuestión se llama José, que trabaja en el piso de Matías y que empezó hace un mes a escribir ahí. No sé más nada, porque como si yo fuese un planeta con dos lunas, Piñata y Marcelo me escoltaron por toda la pista y me aconsejaron, como un diablo y un ángel en cada hombro, cada vez que me tocaba tirar a mí.

Al menos sé que es soltero. Algo es algo. ¿No?

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El club de los solteros II

April 1st, 2008 · Marcelo Ugly, Piñata

Me parece que me metí en un lío otra vez. Debería haberme dado cuenta ayer, pero no supe ver las pistas, o en realidad, estaba ocupada con otra cosa.

Cuando llegué a la oficina me crucé con Matías en el ascensor (Matías y yo no nos hablamos más. Si nos cruzamos, hacemos como si no nos conociéramos. Es rarísimo no mirarse con una persona que conocés de manera tan íntima, tan personal. ¿Cómo puede ser que alguien que amaneció babeando tu almohada un domingo en tu casa o que vio partes de tu cuerpo que vos nunca llegaste de repente se transforme en un desconocido? ¿Es posible? ¿Así de rápido?) y me quedé un poco molesta.

Cuando abrí mi computadora, fui directamente a checkear los mails, a ver si me había contestado Ezequiel, pero como sólo había un par de pps (presentaciones de power point) de Piñata, las borré y seguí con mis cosas.

Pero no pude analizar la dimensión del problema hasta hoy, que llegaron ocho mails más. Mails de todo tipo. Menos mails pidiendo dinero para operar a algún niño de Uganda llegó de todo. Chistes de gallegos, frases inspiradoras, un cuento de Paulo Coelho, y un juego para ver quién trabaja más en la oficina. Y en todas, por supuesto, dice algo como “No zoi de mandar eztaz cozaz pero ezte eztá buenizimo la vezrdad”.

Pensé que llegado el caso, podía bloquear a Piñata de mis contactos y listo. El nunca se iba a enterar y yo no iba a recibir más basura virtual. Sin embargo, ya era demasiado tarde. ¡La basura estaba por todos lados! Cuando fui a la cocina a hacerme el café de todas las mañanas, me encontré con una lista de lo más reveladora en el corcho que está al lado de la heladera.

Decía:

“BOWLING DEL MIERCOLES!”
Es importante que se anoten los que van a venir para poder reservar lugar. Nos encontramos en la puerta 9.15 hs y comemos ahí adentro. ¡Pueden venir con quien quieran! ¡Mientras más seamos mejor!

Y abajo había una lista, y entre Piñata y Gisela estaba mi nombre. Marcelo se acercó y me preguntó, sorprendido si yo iba. Enojada le expliqué que yo nunca había dicho que iba a ir. Y me dijo que vaya y le explique aPiñata yo, porque al parecer, todos contaban con mi presencia. Pero que no me preocupe, porque en general el grupo con el que salen es mucho mejor. Que debería ir a jugar al bowling, que no siempre es así. (Habrá querido decir, asumo, que hay más gente normal, porque ese día, el del bar, sólo había tullidos y deformes emocionales).

Y lo peor no es que no me va a dar la cara para decirles que prefiero morirme a ir con ellos a jugar al bowling. Lo peor es que soy pésima jugando. Así que voy a ser una doble perdedora. O triple. Voy a desafiar la máxima que dice “desafortunado en el juego, afortunado en el amor” perdiendo por partida doble en todos los aspectos de mi vida. Y con una sola bola.

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El club de los solteros

March 30th, 2008 · Gisela Buche, Marcelo Ugly

El viernes a las cinco de la tarde Marcelo Ugly me clavó un puñal en el corazón. Se acercó a mi escritorio, y sin anestesia, argumentando precoupación sincera por mis evidentes desarreglos emocionales, me dijo:

MARCELO
Che, LG, mañana, el grupo de los que estamos solos de acá vamos al bar de
enfrente a tomar algo. Deberías venir. No te quedes en tu casa…. te va a hacer peor.

Y después dijo más cosas, pero no me acuerdo de nada, porque “los que estamos solos de acá” fue como un tiro en la sien, y ya no pude seguir el hilo de la conversación.

Resulta que ahora no sólo estoy sola. Sino que además, soy “de grupo de los que están solos”, que es, además del club de Marcelo, el gordo Piñata, el del boludo de marketing que se hace claritos, de Gisela Buche “que por ahora se quiere concentrar en su carrera” y de Graciela de contaduría, que nunca tuvo novio y vive con la madre. Y el mío, claro. El de la gordita solterona que va a ir sola al casamiento de su hermana menor.

Me siento en una de esas comedias de los ochenta parecidas a Porkys o “La venganza de los nerds”. No quiero ser del grupo de “los que están solos”. Quiero ser de “los solteros y fabulosos”, o de los “felizmente enamorados”. Y sin embargo no puedo. Estoy condenada al gheto de los perdedores.

Mis amigas están todas casadas y no entienden la presión que siento. No puedo pedirles que salgan conmigo, ni contarles sobre el blog, ni pedirles que me presenten a nadie porque en los tres casos terminaría en una catástrofe. Tampoco voy a frecuentar otra vez un portal de citas porque la experiencia anterior fue desastrosa. Salir sola a un bar o un boliche está fuera de discusión. Y como no hago cursos, ni voy a la factultad, ni soy socia de un club, lamentablemente para mí, la única forma de renovar mi círculo social es mi trabajo.

Pensando en esto acepté ir al bar con ese grupo. Y digo “pensando” porque el verbo “sinpensando” no existe, si no lo hubiera usado.

Antes de nada, quiero decir que “el grupo de los que están solos” es un grupo humano excelente. Que son amables, generosos, gente de buen corazón. Me trataron con mucho cariño y tacto, y les agradezco profundamente la gentileza de haberme invitado. Pero tengo que decir también que están hechos mierda. Pero hechos mierda en serio. Su vida es como un viaje en el tren fantasma lleno de cucos. Yo me creía que estaba mal, pero mi rutina comparada con la vida de Graciela de contaduría es un cuento de hadas. Tanto es así, que después de escucharla hablar de su madre durante dos gin tonics, pensé en hacerle jurar a mi hermana que si alguna vez me transformo en una solterona así, me pegue un tiro por la espalda sin preguntarme nada.

El primero que me recibió fue Piñata, un gordo enorme y petiso, con pelo de cepillo y traje con tiradores.

PIÑATA
Bueno Luzía, yo zoi Piñata, un plazer, ezlla ez Zraziela, tenemoz nueztra
cantante que ez Zhizela, a Marzelo zha lo conozez, al rubio Zilvani (todos se ríen
y le señalan el pelo), y hay unoz cuantoz que no vinieron hoy pero zomoz bocha
¿Qué queréz tomar?

Piñata contó con lujo de detalles su última relación. Al parecer, conoció por chat a una artista venezolana y hablaron durante seis meses por teléfono. Según él, le mandó una foto actualizada, pero nadie le creyó, porque apenas la mujer esta lo vio en Ezeiza puso una cara de miedo horrible y se quiso hospedar en un hotel. De más está decir que a los tres días le dijo que su papá se había descompensado y se volvió a Venezuela, y que jamás le volvió a contestar un email.

Graciela, por su parte, no quiere saber nada con los hombres. Dice que así está perfecta. Que si quiere ver televisión bien fuerte, mira. Que si quiere (cito textual) ir a una confitería (keyword: confitería) a tomarse un cafecito, se lo toma. Que si no quiere cenar, no cena. Y un montón de solteroneces que me dejaron boquiabierta. La idea de que alguien se haya sobreadaptado a su soledad a tal punto, que sea capaz de creer que no quiere dormir acompañado o tener hijos para poder tomar cafecitos cuando quiera, me dejó pasmada. Además, ni siquiera cree que su relación anormal y simbiótica con su madre de setenta y seis años sea un problema.

GRACIELA
(acomodándose los anteojos y la blusa)
Yo me tendría que ir retirando, porque son las dos y mi mamá es mayor….

PIÑATA
¡Quedate, Zraziela! No zeaz tonta, zu vieja za debe eztar dozmida.

GRACIELA
No puedo, Ernesto… (Sólo Graciela le dice “Ernesto” a Piñata) Ella es así,
no se va a dormir hasta que yo llego.

PIÑATA
¡Pero zche, Zraziela, zomoz grandez, zamala de mi zelulaz!
(Y le extiende, generoso, un celular empapado de sudor de mano)

MARCELO
¡Piñata, dejala si se quiere ir!

LG
(Susurrándole a Marcelo)
¡No le digas “piñata”!

MARCELO
¡El se presenta como Piñata, che!

GRACIELA
En serio, chicos. No puedo.

LG
Pero si se lo pusieron en la oficina…

MARCELO
No, no. Le dicen Piñata desde que era chico. Ahora es gordo, pero cuando nació
pesaba seis kilos y medía quince centímetros, y en el colegio quedó igual.
Y en vez de Pignataro le dicen Piñata…

LG
Yo le voy a decir Ernesto.

MARCELO
Como quieras, pero es un desperdicio no decirle Piñata a alguien.

Silvani, el de marketing que se hace los claritos, en cambio, es un idiota mental. Está convencido de que es un gran partido y de que todas las mujeres lo quieren desposar, pero que él -un piola bárbaro- se les escapa a todas. No para de hacerle chistes de doble sentido a todas las mujeres que le hablan, incluida Graciela, que le dice “grosero” cada tres oraciones.

SILVANI
(Sacudiendo el brazo hacia adentro y afuera)
¿Pero Piñata, te la cogiste o no te la cogiste?

PIÑATA
(Enojado)
Uhhh Zilvani dale con ezo.

SILVANI
¡Pero sólo te pregunto si te la cogiste, che!

GRACIELA
(Negando con la cabeza)
Sos un grosero, Silvani.

MARCELO
Jajajajjajaa. Pero oíme, si te dice que la chica se fue a un hotel….

SILVANI
¡Quizás se la cogió en el hotel!

GRACIELA
Ay basta de groserías, por favor.

MARCELO
(Agarrándose de la mesa)
Jajajajajajajaaaaaaaaaaaaaaaajajajajajjaa.

GRACIELA
Me retiro.

SILVANI
No te reís con nada vos eh.

GRACIELA
No, el humor de guarangos no me causa gracia, Silvani.
Se pueden hacer bromas sin ser maleducado.

Aproveché la discusión para irme con Graciela diciendo que mañana tenía que enviar trabajo por mail. Me avisaron, encantados de la vida, que el miercoles juegan al bowling y cuentan conmigo. Pero antes de ir, prefiero volver al portal de citas. En serio.

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El estado de las cosas

March 28th, 2008 · Ezequiel de Robotech

Cuando era virgen (que fue por mucho tiempo, porque fui virgen hasta los 21), cada vez que subía a un colectivo, entraba a un shopping o cualquier lugar con mucha gente de mi edad, me torturaba pensando cuánta gente de la que estaba ahí sería virgen también. ¿Serían cinco o diez? ¿Esos dos pibes de dieciseis años serían vírgenes? ¿Se darían cuenta de que yo soy? ¿Seremos vírgenes sólo la gordita de allá y yo? ¿Qué hay de la rubiecita con cara de gila? ¡Esa tiene que ser de mi club!

Más tarde, cuando dejé de ser virgen, me empecé a autoflagelar con otros pensamientos maníacos relacionados, más que nada, con la soledad.

Me gusta entrar a lugar con muchas personas y pensar cuántas están solas. A veces me interesa la estadística, a veces los motivos, y a veces ensañarme con alguna mujer en particular: ¿La petisa esa estará casada? ¿La de la micromini tiene novio? ¿Cómo puede ser? ¡No me digas que ese es el marido de la petisa que me muero!

En una zapatería, por ejemplo, me gusta sacar un porcentaje basándome en algunas impresiones concretas ¿Se prueba botas blancas con taco aguja? Soltera ¿Mocasines de cuero? Casada y con tres hijos ¿Sandalias doradas con strass? Tiene novio y van a un casamiento.

En el supermercado hago algo parecido. ¿Una botella de whisky? Divorciada ¿Vino tinto? En pareja. ¿Vodka? Sola ¿Ananá fizz? Casada, con dos nenes, y la suegra que vive en casa.

Desde el lunes, volví a estar sola. Como una planta torcida que trataron de enderezar con un palito pero volvió a encontrar la forma (y la fuerza) para doblarse de nuevo. Y digo “volví a estar sola” y no “estoy sola”, porque “volver a estar sola”, repito, es un estado muy diferente a la soledad.

La soledad es cómoda, pachorra, segura. A mí me gusta estar sola. Pero volver a estar sola, es otra cosa. Es angustiante, diferente. Porque cuando una está sola siente que la soledad es la norma. La rutina es trabajar, ir a casa, salir con amigas, volver, trabajar, ir a casa, salir a cenar con una compañera de trabajo, volver a casa.

Conocer a alguien es, en cambio, la excepción de la norma, el evento extraordinario que llega para transformar la rutina, para alterar el statu quo.

“Volver a estar sola”, además, implica una carencia. Una perdió algo. El estado normal era el anterior y la novedad es no tenerlo. Desaparece la expectativa, el objetivo, el anhelo. Ya no compramos una remera para que otro suspire, se enamore, o nos mire. La compramos por comprarla, para nosotras mismas. Sin expectativa. Poseer la remera es un fin y no un medio para conseguir una emoción o un resultado placentero.

Ya no miramos el celular esperando que alguien nos llame, porque nadie va a llamarnos. Salvo una amiga o una madre, nadie nos va a invitar a salir, nadie nos va a decir cosas lindas, nadie nada. No esperamos pasar al próximo nivel de una relación, ni que nos digan por fin que nos quieren, que nos presenten a sus padres o nos propongan ir de vacaciones juntos.

Ya no hay nada que esperar, y al mismo tiempo, paradójicamente, todo es espera.

Muchos podrán decirme que hay cosas divertidas para hacer, que la vida no es estar en pareja, que Buenos Aires ofrece muchísimo entretenimiento. Y yo estoy de acuerdo. Es cierto. Pero esos pensamientos los tiene la gente que está sola. Los que volvemos a estar solos, nos comportamos igual que yo en la zapatería. Cuando vemos gente no vemos diversión, ni actividades, ni intereses. Vemos gente sola o gente en pareja. Y es así hasta que nos olvidamos de estar en pareja, y estamos solos de nuevo.

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Ahora sí

March 27th, 2008 · Ezequiel de Robotech

—– Mensaje original —–
De: lxxxx.xxxxxxxx@xxx.com
Para: sxxxx_xx@gmail.com
Enviado: Jueves, 27 de Marzo de 2008 00:45 p.m.
Asunto: Unas palabritas más

Tenés razón en todo lo que dijiste. En todo. No puedo decir nada en mi defensa. Fui miserable, desconsiderada, egocéntrica y demandante con vos. No voy a justificarme, porque la verdad es que podría haber hecho las cosas mejor y no las hice. No fue maldad ni desinterés. Estuve tan concentrada mirándome el ombligo que recién ahora caigo en la cuenta de todas mis fechorías y desarreglos.

De alguna forma, siento que en estas últimas dos semanas, me demonicé. Como un gremlin que se vuelve malvado después de la medianoche. Como una cenicienta inversa. Como un Mr. Hyde femenino. Hice cosas que no hubiera hecho en otro momento de mi vida: te dejé de lado, fui amarreta con mi tiempo y nunca, pero nunca, fui recíproca con tus atenciones. Pero te juro que empecé con la mejor voluntad, con todas las ganas de que funcione. Simpelemente no fue el mejor momento para mí.

En general, a mí me sucede lo opuesto. Nadie me deja por indiferente. Me dejan por enroscada, por dramática, por molesta. Yo no me alejo de la gente, me acerco peligrosamente a la gente equivocada y me hago mierda. Pero invariablemente, (en este caso o en los anteriores) en un momento determinado empiezo a hacer todo mal. Yo le digo “fuckpoint”. O me vuelvo celosa y paranoica, o como en este caso, una egoísta.

Te ofrezco, si te hace sentir mejor, mi dignidad (me puedo disfrazar de empanada y bailar en la avenida) unas disculpas públicas (podría llamar a la radio, poner un pasacalles, pintarlo con aerosol a la vuelta de tu casa), un castigo a elección (podés prohibirme el chocolate, hacerme ver Evangelión, obligarme a vestirme los domingos) o un gran sacrificio como planchar doscientas camisas encorvada sobre una tabla.

No sé qué más decirte. Ni siquiera sé bien para que te escribo. Quizás sólo me merezca este tibio castigo que es, a su vez, una solución para vos: que no me hables nunca más y que cada uno siga con su vida. Quizás sea también lo mejor para mí.

Un beso, perdón de nuevo, y suerte.

Siempre grosera,
LG

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No sos vos, soy yo

March 26th, 2008 · Ezequiel de Robotech

La última vez que nos vimos con Ezequiel fue hace una semana, cuando cayó de sorpresa en casa, para ver televisión berreta y a comer pizza linyera conmigo. Ni siquiera nos mandamos mensajes o hablamos por teléfono. Apenas un par de emails rapiditos llenos de excusas inverosímiles y postergaciones para otro día.

Si tengo que ser sincera, nunca se me cruzó por la cabeza que se pudiera enojar. Pensé que iba a interpretar que había tenido una semana complicada y listo. Pero me equivoqué. Yo estaba tan metida en mi telenovela, que di por sentado que el me iba a estar esperando, tejiendo y destejiendo como una abuela. Sin embargo, ayer, cuando lo llamé para hacer algo, me llevé flor de sorpresa: me gruñó y me dijo que ya tenía planes con unos amigos. Así que no insistí.

Pero hoy al mediodía, creyendo que ya se le había pasado el berrinche, lo volví a llamar para ir al cine. Pero me dijo que no, que prefería pasar por la oficina e ir a comer al bar de la primera vez. Y yo, que ultimamente no hago más que mirarme el ombligo, pensé que era una buena señal. Que tenía tantas ganas de verme que no podía esperar al fin de semana. Que ahora haciamos borrón y cuenta nueva y volvíamos a empezar sin tantos problemas dando vueltas. Que yo lo iba a llamar, íbamos a salir, a hablar por teléfono, a ir al cine y todo iba a seguir normalmente hasta el casamiento de mi hermana. De hecho, tan segura estaba, que le dije a mi mamá que iba a ir con él.

Pero apenas lo saludé en la puerta del bar supe que había problemas. Porque en vez del besito habitual, me pegó la cara en la mejilla y desvió la mirada, como si mi presencia lo molestara profundamente.

Lo primero que hizo fue resumirme, como si yo fuese una extraña, todas las instancias de nuestra relación. Me dijo que él sentía que yo no le daba un lugar en mi vida, que estaba con él a medias, que no me esforzaba, que la mitad de los días estaba de malhumor, y que siempre tenía algún problema increíble dando vueltas por mi cabeza. Que él trató de entenderme y que él hubiese podido soportar cualquier cosa, salvo mi indiferencia tan egoísta y despreocupada.

Cuando escuché esto, me quedé dura. Porque no lo había pensado. Dicho así es más que obvio que tiene razón, pero nunca me había detenido a pensarlo. Recién ahora, puesto en palabras, me resulta evidente que la situación era insoportable para él.

Le pedí perdón, le dije que había sido una época complicada para mí, que yo tenía muchas vueltas pero que no había sido mi intención hacerlo sentir mal o alejarlo. Y él dijo que todas las épocas eran complicadas para mí. Que yo dominaba, como nadie, el arte del problema. Que siempre tenía un dolor de cabeza, un altercado con una conocida o un familiar, un desquite pendiente con una amiga o cuentas sin resolver que me ocupaban casi todo el día.

LG
¿Entonces?

EZEQUIEL

No, se. O sea, yo me cansé. La primera vez te quedaste dormida. ¿Entendés?

LG
Pero ya te expliqué.

EZEQUIEL
Sí, ya sé. Pero no es eso. Es todo. Te quedás dormida en mi cara, no me llamás,
no te importa no verme una semana, no me contestás los mensajes del celular,
te voy a visitar y no me querés abrir la puerta. Y como si fuera poco, o sea,
soy tan boludo que no sé, te acompaño a jugar trivial, a la fiesta de tu empresa,
y te digo que voy a ir al casamiento de tu hermana.

LG
Dicho así suena mal, pero también te hice pizza quemada, te mandé mails…
Y otras cosas… Que ahora no me acuerdo.

EZEQUIEL
No hay otras cosas. Por ahí vos no querés estar con alguien… Por ahí los demás, tu vieja,
tu hermana, tu amiga quieren que vos estés con alguien. No sé, no sé. No quiero decir cosas
que no sé. Lo único que te digo es esto. Que esta semana fue demasiado. Se me acabó la
paciencia con vos.

LG
¿Entonces?

EZEQUIEL
Entonces nada. Me parece que no tiene sentido insistir…

LG
Perdoname, en serio.

EZEQUIEL
Si, ya sé. No soy yo, sos vos.

LG
O los otros.

EZEQUIEL
No. Creeme que sos vos.

Nos despedimos en la calle, de manera un poco artificial. Yo estaba incómoda por todo lo que me había dicho (o en realidad por todo lo cierto que era lo que me había dicho) y él por haberme tenido que decir cosas tan obvias.

La verdad es que no lo vi venir, pero ahora, mientras lo escribo acá todo suena tan previsible, tan lógico. Me siento como en esas películas de terror, en las que el protagonista mira fijamente un vacío, y el monstruo aparece, de repente, por otro lado. No lo vi venir. O no lo pensé. O no quise verlo. La verdad es que no sé, pero qué problema, qué problema…

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