Ciega a Citas

Quedan 06 días para encontrar a un novio normal

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Un plato volador

June 12th, 2008 · 343 Comments

Hace un rato bajé al bar a almorzar con José por última vez. Ya nunca más nos vamos encontrar para untar pancitos o a pelearnos por un salero en la misma mesa. Se terminó. Fue la última vez. Al menos con él.

Todo empezó cuando pedimos la comida. Yo insistí con una milanesa al horno y una ensalada sin aceite y él se pidió dos platos principales juntos. Previsiblemente, otra vez la milanesa vino chorreando aceite y tuve que llamar al mozo para pedirle que me la cambie. El mozo aseguraba que la milanesa era al horno, yo le decía que daba lo mismo porque parecía frita, y José le decía que éramos clientes de casi todos los días, que me haga otra milanesa y listo.
Así que se la llevó.

Pero al rato volvió con una milanesa igual de grasienta que la anterior. Casi peor. Así que me di cuenta que no tenía sentido insistir y me la empecé a comer. Al verme, José me sacó el plato indignado. Me dijo que cómo me iba a comer una milanesa que no quería y le dije que tenía hambre, que me daba lo mismo, que no quería volver a esperar porque igual no iba a entender que la quería sin nada de aceite.

JOSE
Siempre hacés lo mismo vos, dejás que los demás hagan lo
que quieran y para no pelear, te terminás comiendo una
milanesa asquerosa.

Yo seguí comiendo en silencio con la secreta esperanza de evitar una pelea. Mientras tanto, me divertía mirando cómo la cara de José cada vez se ponía más colorada. El seguía hablando, pero yo no lo escuchaba. Me imaginaba que en vez de cabeza tenía un tomate enorme y me reía. Pensaba que iba a estallar y a llenar de pulpa todas las paredes.

Recién volví en mí cuando me sacó los cubiertos y volvió a llamar al mozo.

LG
En serio. No te preocupes, no es para tanto, me gusta así.

JOSE
No te gusta así ¿Estás loca? ¡Decile algo!

LG
¡Es mi milanesa, me la como así!

Cuando el mozo llegó, José empezó a discutir diciéndole que no íbamos a pagar ni a comer esa milanesa y que se la llevaran ya mismo. El mozo dijo que era tal cual yo la había pedido y que si no le ponían aceite se pegaba. José le explicó que eso no era una milanesa con aceite sino un aceite a la milanesa y la conversación subió tanto de tono, José se puso tan nervioso, y el mozo tan cabezadura que pasó lo que yo no quería que pase.

JOSE
Bueno, esa milanesa no es la que yo pedí ¿No te la llevas?
Ok, yo tampoco la quiero en mi mesa.

Y tiro el plato al piso.

Y esa fue nuestra última comida en el bar. No podemos volver. Ni siquiera en grupo. Supongo que pediremos delivery, buscaremos otro bar, o llevaré algo desde casa. Porque antes de mirar a ese mozo a la cara, prefiero no comer.

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Como un tomate

June 11th, 2008 · 258 Comments

Ayer a la noche Marcelo me dejó dos mensajes en el contestador, pero era tarde y además no quería hablar con él. Probablemente me iba a preguntar qué había dicho Marina y me iba a tener que meter en una situación desagradable para mí. Sin embargo, hoy mientras bajábamos a almorzar me interceptó y me preguntó lo que yo esperaba: ¿Está todo bien? ¿Estaba enojada? ¿Te dijo algo?

Le conté lo que me había dicho de él. Que cuando estaba con nosotros era mejor (presumo más atento, más amoroso, más considerado) y que cuando estaba solo con ella era raro (sospecho más indiferente, más parco, más distante).

No dijo nada. Se puso colorado, me dijo “ok gracias” y se fue.

Y eso es todo.

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Bodas de papel

June 10th, 2008 · 231 Comments

Hoy fuimos casi todos a almorzar al bar de abajo. Nos tomamos casi dos horas para comer, hablar pavadas, y tirar chismes sin fundamento sobre los demás empleados de la empresa. Me comí dos pancitos untados, una milanesa al horno y una ensalada. Todo tenía aceite. Protesté y me quejé con el mozo, pero me lo seguí comiendo. Cuando vino a cambiarmelo ya faltaba la mitad. Un papelón.

Marina, en cambio, apenas tocó su plato. Y sí, si es un pajarito. Es de las que comen una sola empanada y avisan que no pueden más. De las que sacan un caramelito de la cartera y guardan el paquete. De las que se olvidan que tienen una caja de alfajores en la alacena desde el invierno pasado. De las que no comen chocolate porque cae pesado. De las que piden helado de frutilla y limón.

Así que mientras los demás comíamos, ella jugaba con las servilletas. Primero las picó. Después las enrosco para formar palitos. Después hizo un moño, una flor, un muñequito, unas figuras abstractas parecidas a un pulpo, y finalmente se puso una tirita en el dedo anular como anillo y se la empezó a mirar, embelesada.

Yo, que venía viendo las cosas que hacía para no comer, me quedé espiando, curiosa, cómo jugaba a ser casada. Sentí compasión y un poco de empatía, no lo voy a negar. Me hizo acordar a esa época de la escuela primaria en la que todas practicamos una nueva firma con nuestro nombre y el apellido del chico que nos gusta. Como para probar si queda bien, si es verosímil.

Al que no le causó gracia fue a Marcelo, que cuando la vio murmuró algo y le sacó el papelito del dedo. Ella le contestó, pero no se escuchaba por el bullicio general. Lo único que sé es que discutieron en voz baja y ella se fue corriendo al baño. En ese momento Marcelo me miró con cara de situación y yo le hice señas para que vaya a buscarla, pero se quedó sentado, empacado como una mula. Así que no tuve más remedio que ir yo.

Le golpee la puerta del baño varias veces pero no salía ni me contestaba, asi que la esperé afuera. Quizás necesitaba estar sola, qué se yo. Al rato, salió con los ojos hinchados. Le pregunté si estaba bien y asintió con la cabeza. Dijo que Marcelo no era igual cuando estaba con nosotros que cuando estaba sola con ella, y que por eso le gustaba ir a jugar al bowling o salir con nosotros. Le dije que no entendía a qué se refería y me contestó tajante: “Hay dos Marcelos, uno con ustedes y uno conmigo. A mí me gusta más el tuyo, el que aparece acá que el otro”.

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Picado fino

June 9th, 2008 · 290 Comments

Desde que dejamos de salir con el club de los solteros, la relación con los demás miembros se resintió considerablemente. Marina y Marcelo son la pareja preferida de todos, y José y yo somos como esos hijos malagradecidos y desaliñados que no van a visitar a sus padres todos los domingos.

Piñata, que está más flaco (pero todavía mucho más gordo que yo), incluso me mira reprobatoriamente, como por encima, manifestando con su ceño fruncido la reprobación y pena que le provoca que yo me robe la punta de una medialuna ajena a hurtadillas.

Mi mamá, por otro lado, me dejó un mensaje como si nada hubiera pasado en el contestador. Cuando yo era chica, este tipo de actitudes me volvían loca. Sentía que no me dejaba estar enojada con ella. Que mientras yo la odiaba por una discusión que habíamos tenido media hora antes, ella seguía hablándome de televisión, del colegio, o de algún pariente lejano que estaba enfermo.

Con José, en cambio, las cosas están mejor. Yo traté de olvidarme de su exaltación y preferí quedarme con el recuerdo de que me defendió de mi mamá cuando nadie antes lo hizo. Ni siquiera yo misma. Quizás no fue la mejor manera de hacerlo, es verdad. Quizás se extralimitó y se metió en un asunto que no era suyo., es cierto. Pero me defendió ¿No? Sintió que algo estaba mal y no pudo callarse la boca. Se lo puede acusar de impulsivo, de grosero, de inoportuno, pero éticamente su actitud fue irreprochable.

El sábado, para agradecerle de manera sutil sus buenas intenciones lo invité a cenar a casa. Le dije que iba a cocinar pero compré todo en una rotisería y mentí. Era la forma más fácil de hacernos felices a ambos. Él se creyó que cociné para él, yo me ahorré la tortura que implica cocinar, y los dos comimos cosas ricas. Sin embargo, el domingo mientras leíamos el diario y almorzábamos lo que quedó del día anterior, José dijo algo que me hizo pensar mucho.

Estábamos mirando a dos vedettes que salían en una publicidad de la televisión y yo dije que tenían las tetas demasiado operadas. El dijo que era cierto, pero que no sabía cómo era tocarlas. Que nunca había tocado una silicona. Y que si eran agradables al tacto, poco importaba que se notasen deliberadamente ficticias. Y después agregó algo que me llenó de dudas. Dijo “Yo hasta que no pruebe, no puedo decir si están bien o están mal”

¿Qué se supone que quiere decir eso?

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Amor a primera vista

June 8th, 2008 · 275 Comments

Ayer tuve, otra vez, un sueño horrible.

Yo era soltera y todavía vivía en la casa de mi mamá. Había cortado con Rodrigo y estaba más gorda que nunca. Tenía más de quince kilos de sobrepeso. En esa época, yo me despertaba tardísimo porque estudiaba para dar los últimos finales. Apenas me levantaba, en camisón y con todo el pelo revuelto iba a la heladera a buscar algo para hacer una suerte de brunch generoso y saturado de grasas trans. Ahora lo recuerdo y no lo puedo creer. No por las cosas que comía, sino porque no sentía nada de culpa. Para mí, la tragedia amorosa justificaba cada bocadito, cada mordisquito y cada chorrito de aceite de más.

En el sueño yo iba tambaleándome hasta la heladera y cuando la abría, no había nada. Entonces chillaba y le preguntaba a mi mamá si no había ido al supermercado, que no había nada para comer. Mi mamá salía de su cuarto, incómoda y cautelosa y me decía que teníamos que hablar, a lo que yo bufaba y pegaba pantuflazos contra el piso.

LG
¡Pero tengo hambre! Hablamos después

Pero mi mamá insistía y me decía que me quería presentar a alguien. Yo le explicaba que no quería conocer a ningún hombre, que recién había cortado con mi novio, pero ella insistía con que era algo diferente, y me pedía que fuera hasta el living.

Cuando llegaba el living, me encontraba sentado a Adrián Cormillot y me enamoraba a primera vista. No sé por qué. No me pregunten. Yo lo veía y sentía un amor que me hundía el pecho. Temblaba de emoción y caminaba hacia él como si estuviera hipnotizada.

Mi mamá nos presentaba y nos dejaba a solas, y él me contaba que tenía un programa de televisión en donde ayudaba a los gordos a dejar de comer. Yo hacía que lo escuchaba, pero sólo miraba sus ojos, su boca, sus manos enormes. Y en un momento no podía soportarlo más, y trataba de besarlo. Me acercaba lentamente, como en las películas, y él inclinaba su cabeza para recibir, cómodo, mi beso.

Pero apenas llegaba su boca, a un milímetro de rozar sus labios, Adrián Cormillot ponía un dedo entre nosotros y lo bloqueaba.

ADRIAN CORMILLOT
Tu mamá y yo queremos invitarte a Cuestión de Peso.

LG
¿Qué?

Mi mamá, que había visto todo, salía del pasillo en donde esperaba escondida, frotándose las manos con miedo.

MADRE
Es lo mejor.

LG
¡Ya voy a bajar! ¿No ven que estoy triste?

ADRIAN CORMILLOT
(Apenado y didáctico)
No estás triste. Estás gorda.
Y ahí me desperté.

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Cara conocida

June 6th, 2008 · 606 Comments

Desde el domingo, las cosas con José están raras. Él se enojó porque no le dije nada a mi mamá y yo me asusté con su reacción. Si bien no estamos peleados, luego de semejante episodio yo me quise ir sola a mi casa, él se fue a la suya y no volvimos a hablar hasta ayer, que se podría decir que discutimos en un pasillo.

No gritamos, no peleamos, no nos dijimos cosas feas. Sólo hablamos y no pudimos ponernos de acuerdo. Cuando terminé, él volvió a su piso y yo a mi escritorio. Marcelo se dio cuenta que tenía mala cara y me preguntó qué pasaba, pero no quise contestarle. Entonces se agacho, detrás de mi escritorio y me dijo que él conocía mi cara bien, y que no importa lo que yo dijera, que a esta altura me había mirado tanto, tantas veces, con tanto detalle, que sabía mis expresiones de memoria.

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Una mancha más al tigre

June 4th, 2008 · 511 Comments

Así como algunas mujeres tienen una tara con la perfección, yo tengo el problema inverso. Yo no quiero ser perfecta, solo quiero que nadie sepa todo lo defectuosa que soy.

Cuando tengo una mancha en la ropa, por ejemplo, camino como si tuviera marcada la letra escarlata. Me siento poco menos que una sarnosa. La mancha está ahí, imperfecta, pegajosa, arruinando la armonía de mi cuerpo. Yo sé que nadie la ve, que no es importante, pero me alcanza con saber que está ahí para sentirme sucia.

Ese sentimiento que a primera vista podría parecer simpático, es un ancla de hierro. Porque mientras yo converso con alguien, no puedo dejar de pensar en la mancha y actuo, en consecuencia, como una mendiga que tiene un pantalón mugroso que arruina toda su imagen.

En el colegio me pasaba algo similar. Si me sacaba todos diez y había un siete, yo no podía pensar en que ese siete estaba ahí para arruinarlo todo. Las otras notas perdían sentido. Ese siete era un parche de mediocridad que me hacía sentir mala alumna y un poco tonta.

Y hasta el día de hoy me sigue pasando. Ahora mismo, sin ir más lejos, siento que mi mamá le puso una mancha a mi relación con José, y que José manchó lo que yo quería mostrar de mi novio. Mi mamá sabe que él es un salvaje y él sabe que ella está loca.  Ya ninguno será impoluto  ante los ojos del otro. Nunca más.

Me siento como esos días en los que me mancho la remera con café y la tengo que esconder debajo del saco. Nadie lo sabe. A nadie le importa. Pero yo sé que está ahí, marrón e indigna, perforándome el estómago.

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Lacadé ataca vieja

June 4th, 2008 · 552 Comments

Mientras yo temblaba pensando en que mi mamá conociera a mi novio de facto, José meditaba parado en la escalera de mi casa. Al parecer, lo divertía muchísimo verme, transpirada y nerviosa, poner excusas para irnos inmediatamente. Dije que íbamos al cine, que además me sentía un poco mal, que no quería volver a encerrarme en un día tan lindo y que tenía sueño. Todo junto, en menos de tres minutos.

JOSE
Quizás otro día.

MADRE

¡Ay no sean tontos! ¿Qué tienen que hacer? Si sos como
ésta, ir a dormir la siesta…

La cara de José se transformó. Se puso muy serio y frunció el ceño con genuino enojo de barrabrava.

JOSE
¿Ésta quien?

MADRE
¡Mi hija! Ya vas a ver lo que duerme, te vas a asustar.
Cuando era chica yo le golpeaba la puerta porque no salía del
cuarto en días…

LG
Mamá…

MADRE
Estaba ahí, mirando tele y durmiendo en vez de salir,
tooooodo el fin de semana. Entonces el papá y yo…

LG
¡Mamá!

MADRE
Le golpeábamos la puerta y le decíamos: ¿Lulú, mi amor,
estás viva? Jajajajajaj. Pero contestaba que sí y seguía adentro,
comiendo y comiendo, y mirando tele hasta que el lunes iba al
colegio de nuevo.

JOSE
¿Se supone que me asuste?

MADRE

¿Qué? Ay no che, era un chiste.

JOSE
No me causa gracia.

Agarré a José para irme, a punto de ponerme a llorar por la situación. Lo único que quería era desaparecer y no seguir hablando de nada. Ni con él ni con mi mamá.

MADRE
Ay chicos, qué malhumor ¡Son tal para cual!

JOSE
(Consternado, mirándome y señalando a mi mamá)
¿Esta es tu vieja?

LG
Por favor, vámonos.

MADRE
Ay bueno, sí, vayan a dormir la siesta.

JOSE
Vámonos las pelotas. Si dice algo más se pudre acá.

Mi madre abrió los ojos como si hubiera visto un muerto. Yo empecé a tirar de José para irnos.

JOSE
Pero no puede hablar así, qué mierda tiene en la
cabeza… ¡Es tu vieja! ¡Cómo va a hablar así!

LG
Te pido por favor que nos vayamos.

MADRE

¿Pero qué dije yo? ¿Qué hice ahora?

Mientras mi mamá ponía cara de pobrecita, yo seguía tirando de José, que la miraba, estupefacta, esperando otra intervención para comersela viva.

JOSE
(Gritando)
Pero oíme, vos no te das cuenta porque es tu vieja,
pero piró, está completamente loca. (Mientras bajaba la escalera)
¡Decile algo o le digo yo! ¡Decile algo, está loca!

Pero no pude hacer nada. Solo me puse a llorar y le pedí en voz baja que nos vayamos a casa, que después hablábamos, que después veíamos, lo que el quisiera, pero después. Por favor, después.

Y nos fuimos. Mientras yo lloraba y él se daba vuelta para mirar a mi mamá cada veinte pasos.

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Vieja atacá Lacadé

June 2nd, 2008 · 700 Comments

Al final, ayer José me pasó a buscar por lo de mi mamá. Claro que no sabía que estaba tocando timbre en lo de mi mamá. Pensaba que yo iba a ir a comer y a jugar al TEG a la casa de alguien que él no conocía. Pero como no la iba a ver y no preguntó, no le di más detalles que esos. Le dije que me pasara a buscar por ahí y nada más.

Pero las cosas, desgraciadamente, no salieron como planeé. En realidad, no siguieron los planes de nadie, ni siquiera los de mi madre, que terminó la tarde escandalizada, con la boca tan abierta como yo.

Cuando José llegó yo agarré mi cartera y traté de salir corriendo. Corriendo literalmente. Pero mi madre me interceptó y atendió la puerta. Si alguien hubiera visto la cara de José, se desmayaba de la risa. Me fusilaba con sus ojos emboscadosmientras yo le pedía disculpas con los hombros y las cejas.

Lo primero que hizo mi madre fue tratar de convencerlo de entrar a tomar café. Como José se negaba, monosilábico y desencajado, le ofreció torta. Creo que hasta le dijo “un yogur” pero no sé, porque yo estaba concentrada tironeando de su brazo para liberarlo del martirio. Lemon pie. No, gracias. Masitas secas con té. No, gracias, nos tenemos que ir. Un whiskicito. No, no en serio, no podemos. Un gin and tonic, algo, un minutito. No, señora, gracias, será en otra oportunidad.

Y cuando todo parecía tranquilo, cuando estábamos bajando el segundo escalón de la entrada, cuando estábamos a punto de irnos de la casa embrujada, mi mamá soltó una propuesta que abrió la puerta del infierno.

MADRE
Es que justo estábamos por jugar al TEG, cuando tu papá termine
de hablar de fútbol con todo el mundo. ¡Quédense! ¡Hacemos chicos
contra chicas! ¡O solteros contra casados! ¡o Boca contra Independiente!

Y entonces José paró y solo dijo una palabra. O casi una palabra.

JOSE
¿Independiente?

Mi madre asintió con la cabeza y José balbuceó de nuevo:

JOSE
Al TEG.

Tiré del brazo de José y seguí diciendo que nos teníamos que ir. Pero ahora no se movía. Se tocaba el mentón, pensativo y clavado en el mármol definitivo de la entrada, murmurando “Independiente”. En ese momento supe que estaba todo perdido. Pero no sabía cuánto. Juro que no sabía.

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El equipo de José

May 31st, 2008 · 213 Comments

Le aplastaría la cabeza como un zapallo. Agarraría un palo, una papa cruda, algo bien contundente y se la tiraría desde bien lejos para desmayarlo. O no. Le daría somníferos mezclados en una cajita de vino para que se duerma hasta el año que viene. Y después incendiaría el cilindro de Avellaneda con la llama olímpica.

JOSE
(Parándose y gritándole al televisor)
Y ya lo ve, y ya lo ve, es el equipo de José.

Yo crecí con un padre fanático. Las canciones de cancha dan ganas de vomitar. Pero no sé que es peor. Si que ganen y que cante exaltado, o que pierdan y empiece con la historia de cuando Racing salió campeón del año sesenta y seis. Si escucho de nuevo fue el primer campeón del mundo, el tricampeón del fútbol argentino, que llenó dos canchas enteras al mismo tiempo me tiro por la ventana. Lo juro.

JOSE
¡NO! ¡NO!

Dicen que si deseas algo con mucha mucha fuerza, se cumple. Voy a probar. Callate. Callate. Callate. Callate. Callate. Callate. Callate. No funciona. No me va a quedar más remedio que matarlo o cortarle la lengua.

LG
Che, José.

JOSE
Decime José Lacadé o no te contesto.

LG
Dale.

JOSE
¿Qué pasa, lentejita?

LG
Tenemos que hablar.

JOSE

¿Eh? (Sigue mirando el televisor) ¡PENAL! PENAL! ¿Ahora?

José golpea la mesa.

LG
Sí.

JOSE

¿De qué? (Mirando el televisor) ¡PENAAAAAAAAAL,
LA PUTA QUE TE PARIO!

LG
José…

JOSE
¿Tiene que ser ahora? ¿Lo planeás, no? Tenemos que
hablar justo ahora que Racing está por meter un gol…

Ya fue. Le digo. Es un nabo, se lo merece por nabo.

LG
Mañana me tenés que pasar a buscar por lo de mi mamá.

JOSE
Bueno, bueno. Mañana. ¡PENAL!

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