Así como algunas mujeres tienen una tara con la perfección, yo tengo el problema inverso. Yo no quiero ser perfecta, solo quiero que nadie sepa todo lo defectuosa que soy.
Cuando tengo una mancha en la ropa, por ejemplo, camino como si tuviera marcada la letra escarlata. Me siento poco menos que una sarnosa. La mancha está ahí, imperfecta, pegajosa, arruinando la armonía de mi cuerpo. Yo sé que nadie la ve, que no es importante, pero me alcanza con saber que está ahí para sentirme sucia.
Ese sentimiento que a primera vista podría parecer simpático, es un ancla de hierro. Porque mientras yo converso con alguien, no puedo dejar de pensar en la mancha y actuo, en consecuencia, como una mendiga que tiene un pantalón mugroso que arruina toda su imagen.
En el colegio me pasaba algo similar. Si me sacaba todos diez y había un siete, yo no podía pensar en que ese siete estaba ahí para arruinarlo todo. Las otras notas perdían sentido. Ese siete era un parche de mediocridad que me hacía sentir mala alumna y un poco tonta.
Y hasta el día de hoy me sigue pasando. Ahora mismo, sin ir más lejos, siento que mi mamá le puso una mancha a mi relación con José, y que José manchó lo que yo quería mostrar de mi novio. Mi mamá sabe que él es un salvaje y él sabe que ella está loca. Ya ninguno será impoluto ante los ojos del otro. Nunca más.
Me siento como esos días en los que me mancho la remera con café y la tengo que esconder debajo del saco. Nadie lo sabe. A nadie le importa. Pero yo sé que está ahí, marrón e indigna, perforándome el estómago.
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Mientras yo temblaba pensando en que mi mamá conociera a mi novio de facto, José meditaba parado en la escalera de mi casa. Al parecer, lo divertía muchísimo verme, transpirada y nerviosa, poner excusas para irnos inmediatamente. Dije que íbamos al cine, que además me sentía un poco mal, que no quería volver a encerrarme en un día tan lindo y que tenía sueño. Todo junto, en menos de tres minutos.
JOSE
Quizás otro día.
MADRE
¡Ay no sean tontos! ¿Qué tienen que hacer? Si sos como
ésta, ir a dormir la siesta…
La cara de José se transformó. Se puso muy serio y frunció el ceño con genuino enojo de barrabrava.
JOSE
¿Ésta quien?
MADRE
¡Mi hija! Ya vas a ver lo que duerme, te vas a asustar.
Cuando era chica yo le golpeaba la puerta porque no salía del
cuarto en días…
LG
Mamá…
MADRE
Estaba ahí, mirando tele y durmiendo en vez de salir,
tooooodo el fin de semana. Entonces el papá y yo…
LG
¡Mamá!
MADRE
Le golpeábamos la puerta y le decíamos: ¿Lulú, mi amor,
estás viva? Jajajajajaj. Pero contestaba que sí y seguía adentro,
comiendo y comiendo, y mirando tele hasta que el lunes iba al
colegio de nuevo.
JOSE
¿Se supone que me asuste?
MADRE
¿Qué? Ay no che, era un chiste.
JOSE
No me causa gracia.
Agarré a José para irme, a punto de ponerme a llorar por la situación. Lo único que quería era desaparecer y no seguir hablando de nada. Ni con él ni con mi mamá.
MADRE
Ay chicos, qué malhumor ¡Son tal para cual!
JOSE
(Consternado, mirándome y señalando a mi mamá)
¿Esta es tu vieja?
LG
Por favor, vámonos.
MADRE
Ay bueno, sí, vayan a dormir la siesta.
JOSE
Vámonos las pelotas. Si dice algo más se pudre acá.
Mi madre abrió los ojos como si hubiera visto un muerto. Yo empecé a tirar de José para irnos.
JOSE
Pero no puede hablar así, qué mierda tiene en la
cabeza… ¡Es tu vieja! ¡Cómo va a hablar así!
LG
Te pido por favor que nos vayamos.
MADRE
¿Pero qué dije yo? ¿Qué hice ahora?
Mientras mi mamá ponía cara de pobrecita, yo seguía tirando de José, que la miraba, estupefacta, esperando otra intervención para comersela viva.
JOSE
(Gritando)
Pero oíme, vos no te das cuenta porque es tu vieja,
pero piró, está completamente loca. (Mientras bajaba la escalera)
¡Decile algo o le digo yo! ¡Decile algo, está loca!
Pero no pude hacer nada. Solo me puse a llorar y le pedí en voz baja que nos vayamos a casa, que después hablábamos, que después veíamos, lo que el quisiera, pero después. Por favor, después.
Y nos fuimos. Mientras yo lloraba y él se daba vuelta para mirar a mi mamá cada veinte pasos.
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Al final, ayer José me pasó a buscar por lo de mi mamá. Claro que no sabía que estaba tocando timbre en lo de mi mamá. Pensaba que yo iba a ir a comer y a jugar al TEG a la casa de alguien que él no conocía. Pero como no la iba a ver y no preguntó, no le di más detalles que esos. Le dije que me pasara a buscar por ahí y nada más.
Pero las cosas, desgraciadamente, no salieron como planeé. En realidad, no siguieron los planes de nadie, ni siquiera los de mi madre, que terminó la tarde escandalizada, con la boca tan abierta como yo.
Cuando José llegó yo agarré mi cartera y traté de salir corriendo. Corriendo literalmente. Pero mi madre me interceptó y atendió la puerta. Si alguien hubiera visto la cara de José, se desmayaba de la risa. Me fusilaba con sus ojos emboscadosmientras yo le pedía disculpas con los hombros y las cejas.
Lo primero que hizo mi madre fue tratar de convencerlo de entrar a tomar café. Como José se negaba, monosilábico y desencajado, le ofreció torta. Creo que hasta le dijo “un yogur” pero no sé, porque yo estaba concentrada tironeando de su brazo para liberarlo del martirio. Lemon pie. No, gracias. Masitas secas con té. No, gracias, nos tenemos que ir. Un whiskicito. No, no en serio, no podemos. Un gin and tonic, algo, un minutito. No, señora, gracias, será en otra oportunidad.
Y cuando todo parecía tranquilo, cuando estábamos bajando el segundo escalón de la entrada, cuando estábamos a punto de irnos de la casa embrujada, mi mamá soltó una propuesta que abrió la puerta del infierno.
MADRE
Es que justo estábamos por jugar al TEG, cuando tu papá termine
de hablar de fútbol con todo el mundo. ¡Quédense! ¡Hacemos chicos
contra chicas! ¡O solteros contra casados! ¡o Boca contra Independiente!
Y entonces José paró y solo dijo una palabra. O casi una palabra.
JOSE
¿Independiente?
Mi madre asintió con la cabeza y José balbuceó de nuevo:
JOSE
Al TEG.
Tiré del brazo de José y seguí diciendo que nos teníamos que ir. Pero ahora no se movía. Se tocaba el mentón, pensativo y clavado en el mármol definitivo de la entrada, murmurando “Independiente”. En ese momento supe que estaba todo perdido. Pero no sabía cuánto. Juro que no sabía.
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Le aplastaría la cabeza como un zapallo. Agarraría un palo, una papa cruda, algo bien contundente y se la tiraría desde bien lejos para desmayarlo. O no. Le daría somníferos mezclados en una cajita de vino para que se duerma hasta el año que viene. Y después incendiaría el cilindro de Avellaneda con la llama olímpica.
JOSE
(Parándose y gritándole al televisor)
Y ya lo ve, y ya lo ve, es el equipo de José.
Yo crecí con un padre fanático. Las canciones de cancha dan ganas de vomitar. Pero no sé que es peor. Si que ganen y que cante exaltado, o que pierdan y empiece con la historia de cuando Racing salió campeón del año sesenta y seis. Si escucho de nuevo fue el primer campeón del mundo, el tricampeón del fútbol argentino, que llenó dos canchas enteras al mismo tiempo me tiro por la ventana. Lo juro.
JOSE
¡NO! ¡NO!
Dicen que si deseas algo con mucha mucha fuerza, se cumple. Voy a probar. Callate. Callate. Callate. Callate. Callate. Callate. Callate. No funciona. No me va a quedar más remedio que matarlo o cortarle la lengua.
LG
Che, José.
JOSE
Decime José Lacadé o no te contesto.
LG
Dale.
JOSE
¿Qué pasa, lentejita?
LG
Tenemos que hablar.
JOSE
¿Eh? (Sigue mirando el televisor) ¡PENAL! PENAL! ¿Ahora?
José golpea la mesa.
LG
Sí.
JOSE
¿De qué? (Mirando el televisor) ¡PENAAAAAAAAAL,
LA PUTA QUE TE PARIO!
LG
José…
JOSE
¿Tiene que ser ahora? ¿Lo planeás, no? Tenemos que
hablar justo ahora que Racing está por meter un gol…
Ya fue. Le digo. Es un nabo, se lo merece por nabo.
LG
Mañana me tenés que pasar a buscar por lo de mi mamá.
JOSE
Bueno, bueno. Mañana. ¡PENAL!
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Hoy cuando volvía de almorzar, me crucé con Marina y Marcelo en la entrada del edificio. O mejor dicho me estuve por cruzar, porque me demoré a propósito en el quiosco. No podía verlos hacer sus pavaditas de novios. No hoy, que hacía tanto frío. Así que preferí convencerme de que necesitaba comprar pañuelos en ese mismo momento.
Marina le leía la palma de las manos a Marcelo y se reían. Traté de descifrar lo que decían, pero sus labios se volvían ilegibles por la distancia. Ella hablaba, y hablaba, y hablaba. El viento la despeinaba y se volvía a acomodar el flequillo, divertida, mientras seguía mirando la mano de Marcelo con fingido interés.
Compré los pañuelos, miré unos anteojos en un exhibidor giratorio, revisé la variedad de galletitas y el exagerado precio de los lácteos de la heladera vertical, con la esperanza de que el tiempo pasara rápido y no tener que reconocerme a mí misma que me estaba escondiendo, pero ellos siguieron riéndose en la puerta y no tuve más opción que volver.
Cuando me vieron, Marcelo sacó inmediatamente la mano. Supongo que le dio vergüenza el juego pueril de enamorados. Quizás fue un acto reflejo. A ella no. Mientras Marcelo bajaba los ojos, ruborizado, ella me explicó que le estaba leyendo la suerte.
Cuando volvíamos en el ascensor le pregunté qué le había dicho.
LG
¿Y? ¿Tuviste suerte?
MARCELO
Demasiada. Dice que nos vamos a casar y a tener siete hijos.
LG
¿Siete?
MARCELO
Yo no creo en esas cosas.
LG
Yo tampoco.
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Hoy a la mañana mi hermana, Irina, me envió un mensaje al celular:
vinos $4100. tengo miedo. jose conoce a mm? p favor
q se conozcan antes de comprar el champagne.
Y le contesté:
ni en pedo. olvidate. compra sidra por las dudas
y me respondió:
ya arreglé. domingo al mediodía. mi casa. p favor
no cocines postre y no traigan vino q ya hay. beso
pero fui terminante:
prefiero estar muerta.
Tags: Irina mi hermana
El lunes a la mañana, mientras José se duchaba.
JOSE (Desde el baño, a los gritos)
Mi viejo siempre me decía, llevalo en el corazón,
te van a cagar dirigentes, te va a delatar un botón…
LG
(Mientras me vestía)
Che, terminala.
JOSE
(Saltando, agarrándose de la canilla)
Pero me importa una mierda, yo vivo con esa ilusión,
la de poder ver a Racing de nuevo campeon…
LG
¡José! ¡Me estás volviendo loca! ¡Dejá de cantar esa porquería, che!
JOSE
Oooooooooooooooooooooh! Ohhhhhhhhhhhhhhhhh!
Lacaaaaaaaaaaaade, lacaaaaaaaaaaaade
LG
¡No te hagás el que no me escuchás!
JOSE
Ohhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhh Ohhhhhhhhhhhhhhhh
LG
Pero la puta madre.
JOSE
Mi viejo siempre me decía, llevalo en el corazón,
te van a cagar dirigentes, te va a delatar un botóooooon…
Y me paré, fui hasta la cocina, abrí el mueble bajomesada, me arrodillé, y por fin escuché el grito que sí quería escuchar.
JOSE
(Con voz de señora gorda escandalizada)
¡AAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAGRH! ¡EEeeeel aaaaagua!
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Desde que soñé que José tenía un gorro colla, me da mucha vergüenza hablar con Marcelo. No me pregunten por qué, pero siempre que me lo cruzo, me acuerdo del sueño y quiero salir corriendo. Me da la sensación de que me va a leer los pensamientos y se van a filtrar imágenes de la confusa pesadilla norteña.
Hoy, sin embargo, me atajo en un pasillo y no había hacia donde huir. O al menos no sin que sea demasiado evidente.
MARCELO
Me… me dijo Marina que fueron a comer.
LG
(Colorada)
Ah sí. Sí. Fuimos porque vos no estabas.
MARCELO
Qué bueno. Después de todo lo que pasó este año, me alegra
que sean amigas. No pensé que se fueran a llevar bien.
LG
Bueno, tanto como amigas.
MARCELO
Bueno, que coman juntas. Que este todo bien, en realidad.
LG
Claro, todo bien. ¿Por qué no habría de estar todo bien, no?
MARCELO
No, por nada. No sé, ella sabe que vos y yo… No sé.
LG
Ah, sabe. Y no le molesta. Mirá vos.
MARCELO
No, porque en realidad no pasó nada, no fue nada.
LG
No, claro.
MARCELO
Y con José también todo bien.
LG
Ah sí, eso también. Todo bien.
MARCELO
No, digo José y yo.
LG
Ah. José no sabe. Pero porque es nada. Quiero decir, no
hay nada para contar, vos sabés. Así que para qué.
MARCELO
No, claro. Bueno.
LG
Bueno, me voy a hacer café.
Y se me cayó la taza al piso.
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Cuando José me confesó que planeaba instalarse todo el fin de semana en mi casa, estuve a punto de ponerme a llorar. Así de cerca. Creo que incluso solté una lagrimita.
Pero después pensé en las palabras de mi mamá (“primero te tiene que durar un mes y medio”) me contuve y me comporté como una anfitriona ejemplar. Hasta le ofrecí un cepillo de dientes nuevo y un cajón de la cómoda para que pusiera algo de ropa.
Es la primera vez en mi vida que le cedo un cajón a un hombre, porque cuando estaba con Rodrigo, todavía no me había ido de la casa de mis padres, y todavía simulábamos que él dormía en el sillón del living. Así que de cajón para las medias ni hablar. No se suponía que le viera los pies desnudos bajo el mismo techo que mi familia. O sí. Que se los viera, pero que nadie se enterara al otro día.
La relación con José entró en lo que yo llamo, el “punto gris”. Estamos hasta el cuello de rutina mediocre de parejita joven y oficinista que comparte un dos ambientes barato, se pelea por el control remoto, tiene sexo tres veces por semana y los viernes sale (cada uno por su lado) con amigos. Somos así de comunes. Una estadística, un cliché, una mentira que se viste de amor para tener una manito que ayude a cargar las bolsas del supermercado o un asiento ocupado en una fiesta de casamiento. Somos normales. Él, un novio normal. Yo, una novia normal. Al menos en apariencia.
El sexo, por otro lado, sigue siendo bueno. Hasta que se acaba, y (como los hombres de las peores comedias norteamericanas), quiero que desaparezca. No lo odio, ni lo desprecio, ni me da asco. Por el contrario, me parece atractivo y es buena persona. Y no es poco. Pero la verdad es que no soporto la mitad de las cosas que hace, y de diez horas que pasamos juntos, en cinco estoy pensando cómo hacer para no pegarle en la cara. Supongo que eso también es normal. Y es triste que eso sea todo, que sea, por decirlo de alguna forma, lo mejor que nos va a pasar.
Yo quisiera alguien que no puede parar de hablar de mí. Alguien que pegue mi foto en su escritorio. Alguien que esté firmemente convencido de que nuestra historia es perfecta. Alguien que cuente las horas hasta las seis de la tarde o hasta el fin de semana. Alguien que se despierte gritando mi nombre cuando tenga una pesadilla. Y eso no va a pasar con José. O al menos no está pasando ahora. Pero en un mes y medio quién sabe. Quizás le dejo la mitad del placard y todo.
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Cuando mi mamá era chica, mi abuela (que al parecer era muy estricta) la amenazaba con quedarse soltera como su hermana, la tía Fefa. Mi mamá lo cuenta muerta de risa, segura de que ella no hace lo mismo, pero desde aquí, a la distancia, yo no puedo imaginarme qué tenía de gracioso para ella en esa época.
“Las chicas de tobillos gordos como las Bonelli se quedan solteras. Los tobillos gordos son señal de vagancia”. “Quien no sabe amasar no se puede casar”, “La tía Fefa es soltera porque entre casarse y comer eligió comer. ¿Vos qué vas a elegir? ¿Querés ser como mamá (y ponía cara de feliz) o como la tía Fefa (e inflaba los cachetes de gorda)?”.
Mi mamá fue gordita hasta los nueve años y la tía Fefa era su tía preferida. Atrás de su casa (porque vivía con ellos, como todas las solteronas) tenía un taller de costura al que mi mamá iba todo el día para verla trabajar. Le parecía hermoso como un pedazo de tela se transformaba en un vestido de fiesta. Siempre cuenta lo mismo: que le parecía magia como una tira de seda se fruncía para hacerse volado.
Las dos, Fefa y mi mamá tenían un ritual todos los jueves: comían galletitas, tomaban té en unas tazas inglesas con dibujos azules y esperaban ansiosas que llegara una clienta preciosa que venía todas las semanas a probarse ropa. Mi mamá no se acuerda mucho, pero dice que tenía tacos altísimos y usaba medias importadas. Mi tía abuela le hacía la ropa más linda, sólo porque era un placer ver lo bien que la llevaba. A las dos les encantaba mirarla mientras giraba frente al espejo de cuerpo entero y que la blusa cayera por su escote como una caricia. Quizás mi mamá sacó de ahí esa devoción (obsesión) por ser bonita y tener el talle perfecto, o quizás de las amenazas que le hacía mi abuela sobre la soltería. Nunca voy a saberlo porque mi mamá no habla de esa época cuando está sobria. Así que hay que esperar a la Navidad para hacerla hablar.
A esa edad (hace como cuarenta y pico de años) a mi mamá le gustaba un chico del colegio. Y aparentemente no sabía disimular y todos sus amigos se dieron cuenta. Hasta el galán en cuestión, quien se apuró a aclarar -delante de ella- que mi mamá no le gustaba porque “era una gorda”.
Mi mamá lloró una semana entera, tirada en la cama. No hizo más que llorar. Ni siquiera comió las galletitas que le dejó en la mesa de luz mi abuela para que termine de llorar (mi mamá cuenta que fue la primera vez en la vida que mi abuela le ofreció por propia voluntad un plato traidor de golosinas).
En esa semana, como dejó de comer a escondidas, mi mamá bajó de peso por primera vez en su vida. Hasta ese momento había creído que la gordura era imposible de controlar. Fue tal su sorpresa, que nunca volvió a ingerir nada con azúcar hasta el día de hoy. Compra las tortas, las sirve, las elogia, pero jamás las come. Las mira fijo como si fueran bichos que la pueden devorar por dentro.
A veces, cuando mi mamá me dice que suelte ese vigilante la odio. La odio por superficial, por retorcida, por insensible. Pero otras veces, cuando estoy distraída, me la imagino chiquita y redonda, llorando en su cuarto, con la mandíbula apretada de bronca, tratando de contenerse para agarrar una galletita de la mesa de luz, con la tierna esperanza de llegar a grande siendo como la clienta de la blusa y no como la modista.
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