Ciega a citas

Quedan 00 días para encontrar a un novio normal

Ciega a citas

El motelito

April 19th, 2008 · José palo y a la bolsa

Hoy a la tarde, mientras trabajaba en la computadora, se sienta en mi escritorio José.

José es de esos que se sienta arriba del escritorio y empieza a agarrar las cosas que tenés y a jugar con todo. Empieza a pegarte golpecitos en la cabeza con una regla, a preguntarte quienes son los del portarretratos o a ir hacia adelante y hacia atrás en el taco con fechas en el que anotás lo que tenés que hacer.

JOSE
¿Tu casa o la mía, lentejita?

LG
¿Hoy?

JOSE
Es viernes.

LG
(Divertida)
Ah, no sabía que los viernes estaba estipulado que nos veíamos.

JOSE
Si no querés no.

LG
Sí, está bien.

JOSE
Bueno, yo tengo algo que hacer y paso después.

LG
Ok.

Eso fue a las cuatro de la tarde. Ocho horas después, todavía lo sigo esperando.

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Razones infantiles

April 18th, 2008 · Irina mi hermana, Mi madre

A las nueve de la mañana mi madre me avisó que Irina súbitamente había vuelto con su marido, pero que de todas formas había cancelado el salón y el catering que tenía reservado desde febrero. Como no entendía qué pasaba, traté de comunicarme con ellos durante todo el día, pero ninguno de los dos atendió el celular.

Recién a las seis de la tarde cuando pudimos hablar con ellos, mi hermana me pidió que vaya para su casa, porque quería hablar con mi madre y conmigo en persona.

Me imaginé lo peor (que se separaban de común acuerdo) y también lo mejor (que ya no querían casarse pero seguían juntos). Pero no era ninguna de las dos cosas. Irina no llamaba para contarnos si se casaba o no. Llamaba para explicar por qué se había comportado así (llorando porque el vestido le quedaba chico, gritando que nadie la ayudaba, revoleando canapés por el aire y vomitando de los nervios por un centro de mesa color salmón) durante las últimas semanas de preparativos.

Después de la cena, por fin nos explicó lo que pasaba y de repente todo tuvo sentido.

LG
¿Y qué vas a hacer?

IRINA
Y no sé, posponerlo quizás, o adelantarlo un par de meses.

LG
¡No podés adelantarlo, Irina!

IRINA
¿Por qué no? Haríamos algo más chico, quizás ochenta personas.

LG
Porque no. Porque no hay tiempo de prepararse. La gente tiene
que conseguir vestido, zapatos, regalo… un traje, zapatos de hombre, gemelos…

MADRE
¡Pero si la gente ya sabía que se casaban! Además, eso será de nuestro lado de la familia, querida. (Susurrando) Los del otro lado desempolvarán algún trapito de la primera comunión…

IRINA
¡Mamá te lo aviso!

LG
O te casás en la fecha que tenías o lo posponés para el año que viene. Pero
si loadelantás no vas a tener tiempo de organizar todo… Va a ser un
casamiento improvisado, mal hecho, con los servicios que le sobren
a otras novias ¡Hay cosas que no conseguimos todavía!

IRINA
¿Cómo qué?

LG
¡Muchas cosas! No sé ahora. Pero yo, por ejemplo, hay cosas que no tengo.

IRINA
Pero es un imprevisto.

LG
No, es un capricho. Vos te podés casar igual. No cambia nada.

IRINA
¡No me voy a casar con una panza de cuatro meses!
O me caso ya o me caso el año que viene.

MADRE
Ya.

LG
El año que viene.

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Decilo con plastilina II

April 17th, 2008 · Marcelo Ugly

Ayer me sentí muy mal por haber desconfiado de Marcelo. Quizás sí se olvidó de invitar a José a almorzar. Supongo que no lo voy a saber nunca. Lo que sí sé es que no mintió con respecto a lo de Matías. Como él bien dijo, en la factura había varias llamadas al número de su ex novia. Y encima eran llamadas largas, abultadas, compulsivas.

Ensayé varias formas de pedirle disculpas, pero todo me daba verguenza. Hasta que se me ocurrió copiar una técnica suya.

Medio en chiste, medio en serio, busqué ese muñequito horrible que una vez me había dejado sobre el escritorio para pedirme perdón y lo dejé sobre su monitor (aunque ahora le faltaba un ojo y el sombrerito a lunares estaba colgando, a medio despegar, del flequillito de nylon de ese cachivache).

Cuando Marcelo llegó, en vez de tirarlo al tacho como yo, lo agarró,  leyó el cartelito en voz baja (decía “empecemos de nuevo”) y se rió. No sé si de emoción o de mi alevosa y premeditada cursilería. Supongo que nunca lo voy a saber tampoco.

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Tiren papelitos

April 16th, 2008 · Marcelo Ugly, Matías perfecto, Piñata

Hoy Marcelo me avisó que iban todos a almorzar al bar de abajo. No sólo a mí. A Gisela también. Pero se aseguró especialmente de que yo fuera, porque me lo preguntó tres veces.

En general yo nunca voy a almorzar con ellos porque es como meterse en una jaula de monos. Hablan todos encima de todos, levantan la mano para gritar “coca” y “milanesa” con la boca llena, hacen chistes horribles y luego se cagan a trompadas para dividir la cuenta y usar los tickets canasta al mismo tiempo.

Pero esta vez fui. En primer lugar porque soy morbosa y masoquista, y en segundo lugar para ver si José me seguía ignorando.

El almuerzo arrancó mal. Mientras terminaban de llegar todos, yo luchaba con la panera del bar (que se me ofrecía, descocada, con todos los grisines al aire), Graciela hablaba de la nueva operación de la madre, Gisela contaba que se quería presentar al próximo Latin American Idol y Silvani la hacía cantar “My heart will go on”. (En ese momento, mientras ella cantaba, lo extrañé realmente a Matías. Pero iba a ser la última vez).

Cuando la canción terminó ya habían llegado todos. O casi. Todos menos José. Como me pareció raro, le pregunté a Piñata si no venía nadie más, pero me dijo que había organizado todo Marcelo y que le preguntara a él. Traté de averiguar en el medio del caos, pero era imposible mantener una conversación coherente. Así que desistí. Al menos hasta que trajeron la comida y escuché, sin querer, a Gisela diciendo que Marcelo era un pesado porque había enviado demasiados mails para arreglar un horario.

Y apenas escuché eso me empecé a dar máquina y ya no pude parar. Y mientras Silvani se ponía la cabeza de Piñata debajo del brazo y le frotaba el pelo con el puño, yo empecé a increpar a Marcelo disimuladamente.

LG
José no vino.

MARCELO
Mmm, parece que no.

LG
Ah. ¿No quiso?

PIÑATA
¡Bazta Zilvani me duele!

GRACIELA
Silvani no seas infantil, por favor

MARCELO
No sé, yo no le dije. Preguntale a Piñata si le avisó, yo no lo vi.

PIÑATA
¡Bazta! ¡Ezcuchá a Zraziela, zoz insoportable!

LG
¿Cómo que no lo viste? Si mandaste mail…

GRACIELA
Basta los dos, parecen chicos. O la terminan o me voy. Me están tirando la cartera al piso.

MARCELO
No tengo su mail

PIÑATA
¡Bazta Zilvani me duele te digo!

LG
Es el mismo que el de todos

MARCELO
Bueno, no lo tengo. Ni siquiera sé su apellido.

LG
(Enojada)
Qué raro.

PIÑATA
¡Bazta me dueeeeeeeeeele, ¿Zabezvozloquez que te hagan azi en la cabeza?!

MARCELO
Sí, rarísimo.

GRACIELA
Basta por amor de Dios.

LG
(cada vez más atacada)
Porque Piñata manda quince cadenas de mail por día. Y ahí está el de José.
Me extraña que no lo tengas siendo que te llegan millones de esas porquerías.

MARCELO
No me fijé. (Tirándome el celular) ¿Querés llamarlo? Llamalo y decile que querés que venga.

Miré a Piñata fijamente porque era obvio que alguien había estado hablando de más, y sólo en ese momento se quedó quietito en la axila de Silvani. Me miró angustiado, como un nene descubierto en el medio de una travesura horrible.

LG
PIÑATA VA AL DIETACLUB.

Piñata se puso blanco. Silvani dejó de frotarle la cabeza y lo soltó.

LG
Además de ser chismoso como una vecina que baldea en chancletas, Piñata
va al dietaclub a conseguir recetas de profiteroles light y a preguntar si puede comer alfajor.
Quiere volver a usar la malla de los dieciocho años.

Silvani empezó a llorar de risa. Le sacó la pechuga de pollo del plato a Piñata diciendo que eso era mucho para él. Graciela lo felicitó exageradamente y Gisela le empezó a preguntar si lo dejaban tomar Coca light y cuántas tostadas le daban.

LG
(A Marcelo)
A mí me avisaste tres veces y se te pasó invitar a José.

MARCELO
¿Y por qué no habría de invitarlo?

LG
No sé, decime vos.

GISELA
¿Por qué no hacés la Scardale que bajás un montón?

MARCELO
No, decime vos. ¿Qué pensás? (Haciéndose el escandalizado a propósito)
¿Qué miento para alejar a los tipos de vos?

GRACIELA
Lo importante es comer sano. Mi mamá cocina muy sano por suerte
Hay que comer de todas las verduras…De todos los colores….

LG
Yo no dije nada.

MARCELO
Ok, porque me olvidé, se me pasó, no fue a propósito.

SILVANI
Las barras de cereal son todas de puto, igual que el jugo Ades.

LG
Ponete de acuerdo ¿Te olvidaste o no tenías su mail?

MARCELO
Las dos.

PIÑATA
¡Zon barritazdezereal comunez!

LG
Permitime dudar

MARCELO
Dudá todo lo que quieras.

Y seguimos mirándonos de reojo y tragando violentos bocados de milanesa que se quedaban atorados en la garganta como cartón.

SILVANI
(Burlándose)
¿Y cuánto bajaste con las barritas milagrosas? Te pido que no digas más “barrita”, Piñata.

LG
Quiero la factura del celular.

MARCELO
Ok, después te la doy.

LG
No, quiero ir a buscarla ahora. Quiero abrirla y verla yo.

Marcelo corrió su silla sin decir una sola palabra, y me llevó hasta el estacionamiento echando humo por el frío y por la bronca. Cuando llegamos abrió el baul del auto, corrió unas bolsas y sacó la factura del sobre adelante mío. Nunca lo había visto así de enojado (en realidad, Marcelo nunca se enoja). Sacó el pilón de hojas, me lo puso contra la cara, pegado a mis narices durante algunos segundos y después revoleó todas las hojas por el aire.

MARCELO
Ahí tenés. Espero que sepas contar hasta mil.

Cerró el baul y se fue, dejándome sola, debajo de una espesa lluvia de papeles voladores llenos de numeritos, en el medio de la playa de estacionamiento.

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Regalo de bodas

April 15th, 2008 · Irina mi hermana

Recién hoy a la noche pude hablar con mi hermana. Al parecer, el novio le dio un ultimatum.

Ella está histérica, llorando todo el día, con ataques de nervios porque el vestido le queda chico, porque no pueden organizar las mesas sin sentar a la gente que está peleada entre sí, y porque -según ella- todos son unos desconsiderados e irresponsables que quieren arruinarle “la noche más importante de su vida”.

Y su novio le dijo que no podía más. Que el casamiento se había transformado en una pesadilla, y que sólo se iba a casar si hacían una cena para veinte personas y nada más. Que tenía que elegir entre la fiesta y él. Mi hermana, que es infinitamente caprichosa, le dijo que ella se iba a casar una sóla vez en la vida, y como siempre había soñado, con él o con otro.

Y parece que ahí se armó. El revoleó una muestra de centro de mesa y ella agarró los bolsos y se fue. Y no se casan nada. O eso dicen.

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Domingo de limpieza

April 14th, 2008 · Irina mi hermana, José palo y a la bolsa, Mi madre

Hoy me pasó lo peor que te puede pasar un domingo si vivís sola. A las cuatro de la tarde, en el punto máximo de desorden y desidia del departamento, me llamó José para ver qué estaba haciendo.

Estos llamados, en general, quieren decir una sola cosa: que el donjuan quiere verte y que como es domingo a la tarde y vos estás en tu casa, piensa ir para allá.

Los hombres ignoran la clase de apocalípsis que se desata cuando cortamos el teléfono. A ellos les encanta decir que en “diez nos pasan a buscar” o en media hora “están por allá”, pero no saben lo que sufrimos hasta que llegan. Porque nosotras decimos que sí, pero dos minutos después de colgar el tubo no sabemos por donde empezar. Si por bañarnos, depilarnos, lavar los platos, barrer, limpiar el baño mojado, esconder la ropa tirada abajo de la cama, dar vuelta las fotos en las que estamos gordas, tirar todos los limones añejos de la heladera, ir a comprar algo para tomar, sacar la medibacha que cuelga como una telaraña del ventilador, buscar las copas buenas tirada en cuatro patas en un modular o limpiar el polvo que se acumuló durante meses sobre el televisor.

Decir que sí, significa todo eso. Es decir, que queremos tener sexo, pero que además acordamos limpiar y arreglar ese inframundo de celibato repugnante en una hora y atender la puerta perfectas. (Y no me vengan a decir que soy una histérica o que me fijo demasiado en las apariencias, porque o son descaradamente sucias o están mintiendo. Nadie quiere recibir gente en su casa -y menos a un hombre- con un tacho de cera en la biblioteca o dos ejemplares de “Las mujeres que aman demasiado” en la mesa de luz).

Así que apenas corté con José me puse a trabajar como una esclava. Lavé todos los platos (aunque escondí la plancha y una cacerola usada en el horno) escondí toda mi ropa abollada en las profundidades de un discreto placard, tiré a la basura la tabla de peso del dietaclub, saqué del baño unas toallitas higiénicas enormes que parecían un pañal, revoleé unas pastillas para dormir que me dio mi mamá, y saqué las bombachas que colgaban como banderas húmedas y desvencijadas del grifo de la ducha.

Bajé corriendo al supermercado, compré coca cola común, un vino tinto, unas crackers, un queso, servilleras, papel higiénico con dibujitos y preservativos. Volví, me puse crema para peinar en el pelo (que alguien me explique esa compulsión contrera del pelo por erizarse cuando tenés una fiesta y estar divino cuando estás en casa), me planché una pollera, lloré porque no tenía un juego de sábanas limpias, sacudí el sillón, limpié la puerta de la heladera (recién ahí me di cuenta la cantidad de dedos marcados que tenía), tiré diez mil vasos llenos con coca cola vieja que me esperaban, cansados, en todas las esquinas de los muebles, y puse mis pantuflas apestosas detrás del sillón.

Y como en los dibujos animados, dos minutos después, tocó el timbre José, espléndido y relajado por su condición de visita.

Traté de hacerme la anfitriona un ratito, pero previsiblemente, José no estaba interesado en la conversación ni en el queso. Así que pasamos a otra cosa sin más preámbulo. Pero esta vez el sexo no duró cuatro horas seguidas, porque yo interrumpí el asunto para atender los llamados compulsivos que sacudían frenéticamente mi celular.

No sé qué me dijeron. Yo sólo escuchaba un llanto agudo mezclado con baba. Tardé tres o cuatro minutos en darme cuenta que era Irina (el mismo tiempo en que José empezó a arquear las cejas y poner mala cara). Traté de hablar con mi hermana pero no hubo caso. No podía parar de llorar. Sólo entendí que hablaba de la boda y del vestido que le quedaba chico. Y sinceramente, en ese momento, yo también me enojé, le dije que hablábamos después y le corté.

Ya sé que puedo parecer una insensible, pero ¿Hasta cuándo tengo que pasar yo mis domingos hablando de broderie y servilletas en forma de pato? ¿Es necesario armar un escándalo por todo? ¿Y es justo que todos los demás soporten tus ataques de nervios porque la modista no entendió que el bretel era más finito?

Cuando corté yo estaba indignada, José distraído y costó bastante remontar la situación. Tomamos vino, le conté del casamiento, me acarició las piernas un rato y parecía estar todo bien, hasta que teléfono volvió a sonar. Pero esta vez no atendí. Lo apagué.

Hace media hora, sin embargo, cuando se fue José, me encontré un mensaje de mi mamá que me dejó preocupada.

MADRE
Lulú, tu hermana está en casa, se vino con los bolsos. Parece que
discutió con el novio y no se casan nada. No sé por qué. Llamala vos a ver
qué te dice, conmigo no quiere hablar, querida.

Llamé varias veces pero son las doce de la noche y ya no me atiende nadie. No tengo idea qué pasó, pero me temo que hasta mañana no voy a saber nada.

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Dieta sorpresa

April 13th, 2008 · Dietaclub, Piñata

Ayer tomé coraje y volví al dietaclub. Pero en vez de ir al que iba la otra vez fui a otro. Uno más cerca de la oficina. Me daba vergüenza volver con la frente marchita. Conté hasta diez, entré, me pesé y me llevé la mejor sorpresa del mundo. No, no estaba más flaca. Había aumentado cuatro kilos. Pero tenía un nuevo compañero de grupo. O mejor dicho, un viejo compañero de otro grupo. Piñata.

Hubiese pagado para que alguien sea testigo de la cara de Piñata cuando me vio entrar. Parecía un ladrón saliendo de una granja, a hurtadillas, con dos gallinas muertas. Estaba incómodo, perplejo, angustiado, porque yo había descubierto el secreto más secreto que un gordo puede tener: que no quiere ser gordo.

La situación (o su preocupación) me causaba tanta gracia que no pude parar de hacerle caritas durante toda la reunión. La coordinadora explicaba que los que se iban engordaban, señalándome con el dedo, y ni siquiera me importó. A él le iba peor: le preguntaba por qué estaba tan callado pro no contaba nada. Apenas balbuceaba algún intento de explicación que moría con sus ojos arqueados de pudor sobre su pantalón.

Previsiblemente, al terminar el grupo se me acercó.

LG
(Muerta de risa)
¡Vamos a poder hacer dieta juntos!

PIÑATA
(Tragando saliva)
¿Lovazacontar?

LG
¿Contar qué? ¿Qué trabajamos juntos? ¿Por qué? ¿Dijiste que eras astronauta?

PIÑATA
(Acomplejado)
No quiero que zepan, no quiero que zepa Zilvani ni que zepa nadie.

LG
¿Por qué? ¡Qué estupidez!

PIÑATA
¡Nimporta! No quiero.

LG
Pero se van a dar cuenta si de repente estás flaco.

PIÑATA
Si estoy flaco nimporta, pero zi zale mal no quiero que todozepan.

LG
No sé, no sé. Yo tengo un compromiso con la verdad…

PIÑATA
Zoz vengativa, lo hago por voz

LG
Yo también, lo mejor es decirlo así si vas a comer algo los demás te retan. Yo sólo quiero ayudarte.

PIÑATA
Graziaz.

LG
¿Me vas a seguir haciendo gancho con Marcelo?

PIÑATA

LG
No te escucho.

PIÑATA
No.

LG
Ya me parecía.

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Hoy, lentejas

April 12th, 2008 · José palo y a la bolsa, Marcelo Ugly, Piñata

Estuve durante todo el día vigilando a mis compañeros de oficina, tratando de dilucidar si alguno manifestaba un síntoma de chisme. Me aterraba la idea de que José, como un adolescente en un vestuario, se hubiese jactado de nuestras cuatro horas de sexo casual en algún pasillo de la oficina.

Es verdad que yo misma le dije que disimulemos, pero una cosa es disimular que tuviste sexo y otra cosa es ignorarse. Me demuele que no me hable. Me siento un diario del día anterior. Una muñeca vieja. Una noticia que ya no le interesa a nadie. Descartable. Fea.

Y la situación empeoró exponencialmente cuando caí en un espionaje monomaníaco que consistía en subir al piso de José (a riesgo de cruzarme con Matías) para ver si me hablaba, me miraba, me saludaba o me hacía caras. No sé si era masoquismo o curiosidad. Pero no pude parar en todo el día. Estuve la mitad del día llevando cosas por todos los pisos como una cadeta desordenada que sube y baja por las escaleras, indecisa, buscando matar el tiempo hasta la hora de salida.

Con mi maravillosa técnica de autoflagelación acechadora, para el mediodía ya lo había logrado cruzar unas tres o cuatro veces. De más está decir que en ninguna me dirigió la palabra. Nada. Ni siquiera se ponía incómodo. Ni una alzadita de cejas. Nada de nada. Actuaba como si yo fuera transparente. Hablaba con Piñata, le decía “gordito” y lo pellizcaba hasta hacerlo chillar como un chanchito, le llevaba unos papeles a Gisela, saludaba a Marcelo e incluso le hizo un chiste a la señora que limpia. Habló con todos, menos conmigo.

La tarde fue más o menos igual. Lo crucé una sóla vez, pero tampoco me habló. Ni siquiera le vi dos gotas de sudor preocupadas. Nada de nada. Me ignoró de manera evidente, forzada, alevosa hasta hacerme saltar lágrimas de bronca. Le hubiese tirado un café en la cara de la indignación, pero me contuve. Al menos hasta la noche.

Lo peor vino más tarde, cuando a todos se les ocurrió ir a tomar algo después de la oficina y me tuve que sentar enfrente suyo durante dos horas y media. Dos horas larguísimas en las que contuve mis lágrimas adolescentes de las maneras más precarias: bostezando, yendo al baño, haciéndome la cansada. Un verdadero martirio. Porque mientras yo sostenía mi estúpida ingeniería lagrimal, Piñata no paraba de intentar que Marcelo yo entabláramos una conversación privada, comiésemos de la misma canasta de maní o nos arrimáramos las sillas bien cerquita para hacerle lugar a un recién llegado.

Pero así y todo, con la autoestima emparchada como el saco de un linyera, me quedé. En el fondo tenía una esperanza tonta de que todo sea una confusión. De que luego me explicara que no me hablaba por verguenza o por miedo a ser demasiado obvio y que me pidiera perdón de rodillas. Ya sé, soy idiota. Pero las mujeres somos así. Vivimos colgadas de una expectativa inverosímil hasta que la verdad nos explota en la cara y nos enchastra todas.

A mí, por ejemplo, me explotó a las diez de la noche, cuando José (invicto de charlas conmigo) se levantó, avisó que tenía un compromiso y se fue. Nunca me sentí más fea, más tonta, más abandonada. (¡Se podría haber ahorrado lo del compromiso!).

Y hasta ahí llegué. No pude seguir disimulando. Estuve diez minutos más tratando de contener la angustia pero no pude y me tuve que ir corriendo. Agarré mis cosas y salí corriendo asqueada, rezando para adentro que las lágrimas se me salieran recién adentro del taxi y que nadie me viera llorar.

Pero no pude tomarme un taxi, porque en la esquina me paró José, que fumaba, muerto de frío, con cara de hastío.

JOSE
(Agarrándome del brazo)
Dios mío, sos lerdísima. ¡Me estoy cagando de frío!

LG
¿Qué?

JOSE
Hace diez minutos que estoy acá. Pensé que te ibas a dar cuenta enseguida.

LG
No me di cuenta.

JOSE
(Imitandome la voz)
No me di cuenta. Lentejita.

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Mi primera vez como atorranta

April 11th, 2008 · José palo y a la bolsa

En mis treinta años de solterona nunca pero nunca me había acostado con alguien tan rápido. Pueden decirme pacata si quieren, pero no les voy a mentir. Jamás de los jamases me fui a la cama con cualquiera y menos a los diez minutos de una cita. Es mi primera vez como atorranta.

José quería que hagamos “algo” a la salida de la oficina. Así nomás, sin aclarar qué y sin cambiarnos ni perfumarnos ni nada. Todos transpirados, con los dedos llenos de birome explotada y el pantalón salpicado con café de máquina. Yo quería, en cambio, ir a bañarme a casa, pero se me rió en la cara. Como si supiera que no iba a necesitar la ropa. (lo que los hombres no saben, es que muchas veces nosotras no tenemos esas veleidades por coquetas sino porque no estamos depiladas, tenemos un corpiño horroroso o esmalte rojo saltado en las uñas de los pies). Y a pesar de que me empaqué como una mula no hubo caso. A las cinco de la tarde me hizo bajar corriendo por la escalera.

Habremos estado en el bar veinte minutos, nada más. Ahora me doy cuenta que hablar era una excusa. Yo me esforzaba mucho por crear una conversación interesante, pero él estaba más concentrado en ver como hacía para llevarme a su casa.

José es muy directo. Básico, quizás. Se ríe sin parar con una boca enorme, que se abre como una grieta. Habla poco; dice sí y no. Hace algunos chistes precarios pero efectivos, y va directo al grano. A los veinte minutos puntuales, por ejemplo, me dio un beso. Yo me quedé dura, rara, incómoda. Era un bar y de día para darse besos así. Y ahí, sin querer, lo habilité para hacer la propuesta.

JOSE
Sí, es cualquiera acá. Mejor vamos a mi casa.

Y se paró y pagó ahí nomás. Sin consultarme nada. Dando por sentado que yo iba a decir que sí. Yo no dije nada, pero me reí. Me causó gracia el apuro. O me hizo sentir halagada de una manera rarísima. Todavía, hoy, un día después, no sé bien que fue.

Su departamento era la típica casa de un soltero. Todo era funcional, sin adornos, sin recuerdos. Ni siquiera películas o libros. Solo una mesa, una computadora, un sillón, una cama. Sin embargo estaba muy arreglado y prolijo. No había cajas de pizza debajo de los muebles, ni vasos usados ni nada por el estilo. En ese momento dudé ¿Sabría desde la mañana que me iba a decir eso y que yo iba a aceptar? ¿Seré así de obvia y no me di cuenta?

Media hora después estábamos en la cama. Media hora en la que pensé lo mal que estaba hacer esto. Lo malo que era meterme en la cama de un compañero de trabajo sin ni siquiera tener algún tipo de relación. Y no es un debate moral. Es puramente laboral. Una cosa es que una relación en donde hubo cariño o expectativas no funcione, y otra cosa es el rosario de chismes crueles, machistas, ridículos y exagerados que vienen corriendo detrás de esta clase de deslices.

Sin embargo, fue el mismo el que cuatro horas después, mirando el techo me preguntó.

JOSE
¿Qué querés hacer?

LG
(Todavía incómoda)
¿Con qué?

JOSE
¿Cómo te saludo mañana?

LG
Ah, eso.

JOSE
(Imitándome la voz)
Ah, eso.

LG
Quizás lo mejor es que nadie sepa.

JOSE
Ok. Y después vemos que hacemos.

Pero quizás exageré, porque hoy lo vi dos o tres veces (de pasada, en el ascensor y en el bar) y en ningún momento me habló, me saludó, ni me hizo una carita.

Es más, si no supiera que el día anterior estuve cuatro horas en su cama diría que me estaba ignorando.

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Abracadabra

April 9th, 2008 · José palo y a la bolsa, Marcelo Ugly, Piñata

Hoy, mientras pensaba que en realidad Marcelo no tiene la culpa de nada y puede sentir lo que quiera, mientras pensaba cómo hacer para mantener a Piñata a raya, mientras evaluaba la posibilidad de mandar a matar a ambos, me di cuenta que en realidad lo único que puedo hacer es ignorarlos y seguir con mi vida. Pensaba que lo mejor es dejar a Marcelo con sus romances unilaterales y a Piñata con sus flechas de Cupido regordete, y ponerme una pollera corta, unos zapatos bien altos, la careta de estúpida e irme a jugar al bowling con la desesperada, alevosa, pecaminosa y premeditada intención de despertar algún tipo de interés en José. Y eso prentedía a hacer. Realmente. Así de simple. Sin planes retorcidos ni maquiavélicos. Pensaba apelar al ritual de apareamiento más animal y precario del universo. El de la promesa sexual. El de las plumas de colores. Pensaba hacerme la damita en apuros, la necesitada de un hombre, la que tira mal la bola para que la ayuden. Así de bajo pensaba caer. ¿De qué sirve buscar otro tipo de vínculo cuando ni siquiera sé si puede durar? ¿Y si me dice que no? ¿Para que voy a esforzarme? Primero lo primero. Pero también pensé otras opciones por si no me daba resultado. Si no lograba nada, iba a tratar de acercarme amistosamente, hablar, conocerlo, ver qué tenemos en común, y luego, si él no hace nada, invitarlo a salir. O lograr que me asignen un trabajo en conjunto. O encontrarlo en otra actividad fuera de la oficina. O más difícil y elaborado: lograr invitarlo a hacer otra actividad en carácter de amigos y después volver a intentar todo lo anterior.

Y mientras pensaba todo eso, con la mirada perdida en una ventana sucia de la oficina y un café enfriándose las manos, José se acercó sigiloso a mi escritorio y sin saludarme ni buscar conversación casual primero me dijo:

JOSE
Che, ¿Vos vas al bowling hoy? ¿No querés hacer otra cosa?

Así nomás. Sin pensarlo tanto.

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